• Por Dr. Miguel Ángel Velázquez (Dr Mime)

Si sos de las personas que al ver sangre alguna vez te caíste redondito y desplomado como un tronco, no pienses que sos un “bicho raro”, porque perteneces al 10% de la población mundial que alguna vez ha sufrido esto. Tampoco creas que es un problema de salud físico o psicológico que puede impedir que dones sangre o (peor) que sigas estudiando medicina o enfermería si lo estas haciendo y te pasó. Simplemente, sufriste lo que se conoce como síncope vasovagal.

Pero, ¿por qué digo que no es algo “psicológico” nomás? Sencillo: cuando esto se produce, el pulso de la persona es apenas perceptible, y si le tomamos la tensión arterial, las cifras suelen andar alrededor de los 60-30 mmHg (y no del famoso “12-8” que todos dicen tener cuando están tranquilos). Esto demuestra que hay un componente orgánico más que psicológico. Es más, cuando la persona se despierta, rápidamente recupera el pulso y la tensión arteriales, e incluso se reincorpora normalmente. Tampoco es algo patológico cardiovascular, ya que a los desmayos con pérdida de conocimiento normalmente los llamamos “síncope”, es decir, mayormente de causa cardiovascular, como una arritmia cardiaca por ejemplo. Pero aquí, el corazón anda perfecto, entonces… ¿qué pasa?

Lo que sucede es, sí o sí, respuesta del sistema nervioso autónomo, es decir, el involuntario, el que regula las funciones básicas de sobrevivencia del cuerpo y que se maneja por dos redes, el sistema simpático y el parasimpático, extendidas por todo el cuerpo. El nervio vago (principal nervio del sistema parasimpático) actúa enlenteciendo el corazón, mientras que todo el sistema simpático aumenta el ritmo cardiaco, la tensión arterial y contrae las pequeñas arterias, elevando aun más la presión. Es precisamente el nervio vago el que actúa descendiendo bruscamente la tensión arterial y dilatando los vasos sanguíneos, lo cual produce bruscamente el deterioro de conciencia: es el síncope vasovagal.

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El síncope vasovagal se activa automáticamente con la pérdida de un 30% de la sangre, es decir, 1 litro, a partir de centros del tronco cerebral que estimulan al nervio vago. ¿Por qué hacen esto? Porque de esta manera hay menos posibilidades que se desangre el cuerpo, cae la presión y la irrigación a la zona de la pérdida de sangre es menor. Además, ocasiona que el gran reservorio de sangre circulante, la sangre del lecho pulmonar, se vierta a la circulación para mantener en alguna manera el volumen ante la pérdida. Esto, por el contrario a lo que parecería que a un sistema ya deteriorado por una herida se le sume una baja de presión, no es más que un mecanismo conservador para evitar mayor pérdida de sangre.

Y ¿por qué se activa cuando vemos sangre o cuando nos sacan una muestra o donamos un poco? Sencillo: el cerebro recibe una información visual de sangre que se interpreta como propia (sea o no tal), y desencadena el reflejo buscando proteger al cuerpo. Si esto es común y exacerbado, constituye una patología. Si no, es un mecanismo más del cuerpo humano para defenderse y protegernos. Un mecanismo más de la cabeza. Nos leemos el próximo sábado.

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