DESDE MI MUNDO

  • Por Mariano Nin
  • Columnista

Hoy quiero contarles una historia. No, no es sobre la corrupción, ni de cómo nos roban lo que nos pertenece. No voy a hablar de cajas paralelas, ni de sicarios ni de educación.

No la leí ni me la imaginé.

La viví en un viaje común, sin bajarme del auto, pero me dejó el sabor agridulce de esas pequeñas cosas que te hacen sentir que siempre hay algo bueno dentro de todo lo malo. Nadie me la contó.

Un simple cambio de luces en un semáforo. Un gesto. Una calle cualquiera de un día especial.

Pedrito no debe tener más de 12 años. Lo veo desde hace un tiempo sobre Choferes y Mariscal López. Sé su nombre porque me llamó la atención su sonrisa. Y en uno de esos cambios de luces intercambié con él unas palabras, desde entonces siempre nos saludamos.

Limpia vidrios mientras sus padres corren a las ventanillas de los colectivos, algunas veces vendiendo frutas, otras veces vendiendo chucherías. Lo que esté al alcance para ganarse algo que llevar al plato. Nada más. No creo que les dé para vivir dignamente. Pero esa es otra historia. Es otra de esas tantas familias castigadas por la pobreza, por la desigualdad que te convierte en rey o mendigo.

Pero no es eso lo que te quiero contar.

Venía pensando en las sonrisas de mis hijos al encontrar sus regalos de Reyes. Es lo más grande, me decía a mí mismo hasta que Pedrito cambió mi perspectiva. Estoy sin dormir. Vi a los reyes magos llegar a casa de madrugada mientras todos dormían, comer el pasto, tomar el agua, dejar los regalos y seguir el viaje. Eso me mantuvo despierto.

Voy al trabajo con la satisfacción de haber sentido esa pequeña ráfaga de felicidad. El semáforo me detiene y entonces sucede lo impensable…

Alguien desde un auto le entregó un paquete a Pedrito. Supo enseguida lo que era. Vi su sorpresa y cómo se transformó su carita al abrirlo.

Sonreía de manera mágica. Como si estuviese descubriendo algún tesoro. Tiene 12 años pensé. Seguro no esperaba un regalo de Reyes en esa calurosa calle donde cada día lucha por sobrevivir.

Entonces, sucedió algo que yo no esperaba. Pedrito se detuvo. Pensó. Envolvió el juguete y sin cruzar palabras con nadie pasó de un lado a otro de la calle y le dio el paquete a un niño indígena muy pequeño que lo abrazó y hasta puedo jurar que lloró.

No lo voy a olvidar nunca. Creo que esta fecha siempre tendrá esa fantasía. A veces las sorpresas llegan de donde uno menos las espera.

Me sentí pequeño en un mundo enorme. Si los grandes tuviésemos esa solidaridad el mundo sería diferente. Quizás un poco más justo.

La fantasía de los Reyes se había consolidado en ese momento real. Pedrito volvió a limpiar vidrios. Se dio cuenta que yo lo miraba e hizo como si no y yo me perdí en ese gesto. Me recordó mi niñez, a mamá y sonreí en silencio. Miré a todos lados a ver si alguien más lo había percibido. Seguí mi camino.

El 6 de enero siempre tendrá esa magia.

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