- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
Hay obviedades que no pueden dejar de formularse porque parece que las olvidamos o, simplemente, preferimos ignorarlas. Ningún país, comunidad o asociación logra avanzar sin la dinámica de la renovación de sus liderazgos. Pueden hasta desaparecer, a lo sumo sobrevivir, sin una línea natural de sucesión de los cuadros dirigentes. Cada uno de ellos operando en diferentes niveles y ámbitos de la vida, para que la sociedad funcione ordenadamente. Pero a uno, en especial, se le exige mayor competencia (el saber y el saber hacer): al político, porque debe tener una concepción clara del Estado, su estructura, sus funciones y sus fines. Pues, finalmente, el poder es su objetivo para la materialización de sus programas e ideales. Por tanto, su responsabilidad también es mayor, ya que debe administrar, en términos sencillos, la cosa pública. Las consecuencias de sus actos afectan, positiva o negativamente, a todos los sectores, a la Nación misma.
Los errores de los liderazgos en el sector privado tienen repercusiones restringidas a su propio espacio y aunque, en determinados casos, pueden sacudir un amplio espectro social, sus impactos públicos son mínimos. Esa es la diferencia que deben entender aquellos que optan por asumir la política como una profesión.
Esa renovación de liderazgos no se agota en el simple relevo generacional. Implica, fundamentalmente, revolucionar paradigmas que entraron en crisis, sustituir modelos que demostradamente han fracasado, y retornar por el carril de la moral como brújula de la acción humana.
Por el método simple de la observación cotidiana, podemos colegir que los viejos valores hoy importan poco. Se manejan otros códigos. En parte, por los pésimos ejemplos de los mayores; en parte, porque la tradición ha sido deliberadamente sepultada por una ideología sin memoria y sin historia: la del neoliberalismo. Todo es instantáneo. Todo es descartable. La cuestión ya no se centra en lo útil y necesario, sino en lo más nuevo. Se compra lo que no se necesita y se gasta lo que no se tiene.
El hombre light
El siquiatra español Enrique Rojas describe descarnadamente los tiempos que vivimos en “El hombre light: una vida sin valores” (1992). Repite con Lipovetsky que estamos atravesando por una peligrosa era del vacío: “Ese hombre es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más vulnerable (…), de este modo resulta más fácil manipularlo”.
Vivimos tiempos en que los valores dejaron de tener trascendencia. Son objetos de las más disparatadas interpretaciones. Y están sujetos a las particulares conveniencias de cada uno. Las verdades ya no son absolutas ni los principios universales. La época y la moda lo determina todo. Es lo que el lenguaje académico denomina relativismo ético. En términos de la calle traduciríamos en la ecuación: “No puede ser malo si es bueno para mí”. Esa es la lección que dejamos a los jóvenes. Una sociedad cargada de exitismo, donde la impostura del parecer se impone a la autenticidad del ser.
Hay un vacío de memoria. Especialmente para recordar la trayectoria de aquellos hombres y mujeres que construyeron y reconstruyeron el país, cultural y materialmente. Ese es un déficit dentro de la sociedad nacional, de los partidos y movimientos políticos y de las organizaciones sociales. La solidaridad ha sufrido una monstruosa metamorfosis: se transformó en el egoísmo acaparador que todo lo devora. En esa jungla de impiedades sobrevive, no ya el más fuerte, sino el más cínico.
Vivimos tiempos de entronización del individuo y de pérdida del sentimiento de pertenencia a una colectividad. Una sociedad sin vínculos es una sociedad fragmentada, incapaz de construir un proyecto común. Esa es una crítica coincidente de quienes analizaron rigurosamente las características de esta posmodernidad que padecemos. Pero no todo se reduce al simple cuestionamiento. También se formularon antídotos contra esta enfermedad. El entonces cardenal Jorge M. Bergoglio, hoy Papa Francisco, en el 2005, propone “reconstruir el sentido de la comunidad”, lo que implica “romper con la lógica del individualismo, mediante la ética de la solidaridad”.
En esa misma línea escribe Enrique Rojas: “Frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista; frente a la ausencia de vínculos, un compromiso con los ideales”.
En ese mar de aguas profundas hay una especie que está nadando sin preocupaciones: los hijos legítimos de la tecnología, con formación académica. Aunque tengan similares características no forman equipo, salvo raras excepciones. Son depredadores solitarios. Toman por asalto los mejores cargos directivos en las empresas privadas. No les atraen, sin embargo, el Estado ni la política.
La aversión a la política, por las prácticas que distorsionan los ideales, no es nueva. Muy por el contrario. En 1921, el presidente de la Comisión Central del Partido Nacional Republicano, doctor Pedro P. Peña, parafraseando a Woodrow Wilson, hablaba de la necesidad de hacer nuevamente de la política “algo de que pueda ocuparse sin repugnancia cualquier ciudadano decente y digno”.
“La aspereza –decía–, la malevolencia, la audacia atropelladora e irresponsable chocan y fastidian a los espíritus verdaderamente cultos y sanos”.
Déficit de memoria
Hago deliberada alusión al doctor Peña por dos razones: a) porque actualmente un sector de la juventud republicana, dentro de un proceso eleccionario, procede contrariando el legado histórico del partido al que pertenecen, y b) es uno de los dirigentes olvidados dentro de su propia asociación política, obviamente, toda su obra intelectual y sus discursos moralizadores son desconocidos.
Esa ruptura con el pasado, alentada por los adoradores de la cultura del instante, en expresiones de Bergoglio, se debe “a un déficit de memoria, concebida como la potencia integradora de nuestra historia, y a un déficit de tradición, concebida como la riqueza del camino andado por nuestros mayores”.
Los jóvenes de la Asociación Nacional Republicana deberían conocer los aportes a la sociedad de sus más lúcidos y honestos pensadores. Es la manera más rápida para juzgar a los dirigentes actuales por la vía de la comparación. La independencia de criterios es vital para deshacerse de aquellos que buscan afanosamente colonizar sus mentes con las retorcidas prácticas de la manipulación. De quienes quieren seguir utilizando a la juventud para continuar lucrando a costa de la política.
La renovación de los liderazgos, como dijimos al principio, implica un cambio de paradigmas, no la continuidad de los vicios, que repugnan, por la vía de los más jóvenes.
Una mirada al pasado no es para que los jóvenes permanezcan anclados en él, sino para recuperar aquellos valores, intelectuales y morales, que permitan dignificar nuevamente esta tan desprestigiada política nuestra.
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“Esa renovación de liderazgos no se agota en el simple relevo generacional. Implica, fundamentalmente, revolucionar paradigmas que entraron en crisis, sustituir modelos que demostradamente han fracasado, y retornar por el carril de la moral como brújula de la acción humana”.
“Esa ruptura con el pasado, alentada por los adoradores de la cultura del instante, en expresiones de Bergoglio, se debe ‘a un déficit de memoria, concebida como la potencia integradora de nuestra historia, y a un déficit de tradición, concebida como la riqueza del camino andado por nuestros mayores’”.