El mar era una pizarra azul surcada por las velas de doce barcas navegando, a favor del viento, hacia Venecia”.

En el otoño de 1948, Ernest Hemingway tuvo su primera estancia larga en Italia en más de treinta años. Al reencontrarse con su amada Venecia, se inspira para crear la que se sería su última novela. “Más allá del río y entre los árboles” –ya desde el título destila melancolía y de la buena– relata la historia de Richard Cantwell, un coronel norteamericano destrozado por la guerra, apostado en Italia al final de la Segunda Guerra Mundial, y su amor por Renata, una joven condesa italiana. Es un relato agridulce y profundo, un homenaje a ese amor que desafía la razón, a la resiliencia del espíritu humano y a la cosmopolita belleza y majestad de Venecia, como un último intento del gran escritor por resistir a las atrocidades deshumanizantes de la Segunda Guerra.

Puede que no sea una de sus “grandes obras”, pero para mí, que por algún motivo Hemingway me gusta más como cuentista (nada como los relatos de “París era una fiesta”), esta pequeña novelita recoge lo que más admiro de ese gran escritor y cronista del Siglo XX: momentos de conmovedora ternura en su estilo minimalista.

Esa Renata tan joven, personificación de la juventud perdida del coronel. El horror y lo fútil de la guerra, como contraste a la sublime belleza de ese último romance de su vida en la ciudad más bella, como cerrando las persianas a su dura existencia, en un retiro a esa Venecia en invierno –y en el invierno de su vida– se roba para el título las últimas palabras del militar Stonewall Jackson: “Crucemos en paz al otro lado del río y entre los árboles”. Lo más delicioso, algo que Hemingway conservó hasta el final, su talento para escribir diálogos memorables. Y su delicioso humor e ironía.

Cantwell es un tipo duro muy parecido al autor, un poco pesado y bruto. Uno que conversa con su “viejo amigo y más severo crítico: el whisky con agua”. Y Renata es pura juventud y femineidad. Opuestos que se atraen y, por un rato, se complementan. Es un estudio de personajes, un ensayo sobre la idea de la muerte y cómo cada uno la percibe: “Nosotros, los bastardos llenos de salud, heredaremos la tierra”. Sobre las opciones que tomamos, la vida que vivimos, el mundo que, al final de cuentas, sigue existiendo, a pesar del dolor y del horror, alrededor nuestro. Esos placeres terrenales que todavía podemos gozar mientras tengamos aliento. La belleza que persiste y solo espera que abramos los ojos y la observemos para revelarnos sus secretos.

El último jirón de felicidad que un hombre cansado y acosado por sus demonios le arrancó a la vida y nos dejó de regalo ese viejo borracho, aún capaz de escribir frases preciosas como la declaración de amor más hermosa que leí en mi vida, y no sé si se la dice el coronel a Renata, o Hemingway a Mary, su última esposa, a quien le dedicó el libro:

Te quiero; eres mi único, mi mejor y último y exclusivo y verdadero amor”.