EL PODER DE LA CONCIENCIA

Cuando hace casi 25 años remontamos el río Paraguay en el hoy desaparecido buque Carlos A. López tardamos varios días en llegar a la ciudad de Corumbá, desde donde –nos aseguraron– podríamos deleitarnos con el nacimiento de este caudaloso afluente, que dio su nombre a nuestro país.

Habíamos llegado al Pantanal y pronto nos dimos cuenta de que no tenía nada de romántico. Por el contrario, allí, en pleno Mato Grosso do Sul, a casi mil kilómetros de Asunción, nuestra expedición pudo descubrir un nuevo tipo de calor, más seco y asfixiante del que estábamos acostumbrados en la capital paraguaya.

Fue en ese lugar donde escuché por primera vez un debate acerca de las peligrosas consecuencias que acarrearía la implementación de la hidrovía, que por entonces apenas era un proyecto.

Un “ambientalista”, como lo llamarían hoy, explicaba que el Pantanal era como una gran esponja que se llenaba de agua durante la temporada de lluvia –enero– y que ese volumen de líquido lo iba soltando poco a poco durante el resto del año para formar el imponente río que cobraba vida debajo de nosotros.

El experto nos ilustró acerca de ciertos detalles, como la importancia de los recodos de esa gigantesca serpiente de agua que se despereza hasta el Río de la Plata y desemboca en el océano Atlántico. Decía que esas curvas y remansos estaban estratégicamente dispuestos por la sabia naturaleza para hacer que el caudal fuera equilibrado, es decir, ni demasiado lento ni demasiado rápido como para secar esa esponja.

También advertía sobre las consecuencias de dinamitar esos recodos para facilitar la navegación comercial o dragar el fondo y procurar mayor calado de las naves. Si se facilitaba el paso del agua al volar esos impedimentos naturales, el agua fluiría más de prisa... cosa que no era mencionada porque las ventajas económicas que acarrearía la hidrovía serían inmensas.

Desde ese enero de 1996 casi pasó un cuarto de siglo. La hidrovía es una realidad y el tráfico fluvial de mercaderías es inimaginable. La flota que va y viene por el río Paraguay es una de las mayores del mundo y el dinero que mueve ese dinámico intercambio trasciende la región.

Hoy día muchísima gente depende de esta anaconda líquida y de su alimento, el Pantanal. Pero ella hoy está inquieta, tal vez por los nuevos fenómenos que se presentan en los últimos años, con invitados traviesos como “El niño” y “La niña”, cada uno con su juguete preferido: la inundación y la sequía.

Como no soy experto, no sé si dinamitaron esos valiosos recodos que contenían el paso del agua, tampoco si la inconsciente deforestación o los cada vez más frecuentes e incontenibles incendios forestales variaron la capacidad o el “humor” de la inmensa esponja del norte. No sé.

Pero en estos momentos vemos con gran pena y preocupación cómo el antes imponente río Paraguay agoniza y su lecho está podrido de cubiertas de goma, bolsas de plástico e infección de basura.

Y pensar que apenas cinco meses antes, las riberas presentaban el desolador espectáculo de las inundaciones, con gente buscando hogares transitorios lejos de la orilla; sin embargo, hoy las embarcaciones no pueden alcanzar el puerto de Asunción a causa del calado y las mercaderías deben ser transportadas de forma urgente vía terrestre para que lleguen a tiempo para las ventas de fin de año, lo que ocasiona que el producto encarezca, que será absorbido por los clientes.

De esa arteria depende toda la salud económica del país, también el progreso o la miseria a futuro. Los paraguayos dependemos exclusivamente de la vitalidad de ese ofidio de agua y no contamos con alternativas como las líneas ferroviarias que funcionan durante todo el año sin importar el nivel de las lluvias.

El único ferrocarril del país, que transportaba pasajeros y encomiendas desde la capital hasta Encarnación y viceversa (y que conectaba con los vagones argentinos), también desapareció hace casi 25 años.

Ni siquiera hay intención de aprovechar la energía eléctrica que producen las represas para tentar planear una red ferroviaria que nos comunique con todo el continente. Movilidad de gran volumen, rápida, eficiente, barata, que no daña el medio ambiente.

No, ni siquiera ahora que falta tan poco para renegociar el tratado de Itaipú hay visión de futuro. Los representantes que deberían buscar la mejor opción solo piensan en a cuánto vender la energía para que otros la aprovechen y desarrollen a sus pueblos.

A veces pienso en conocer Mariscal Estigarribia viajando en un confortable vagón climatizado a 230 km/h, llegar descansado, sin el polvo ni el peligro de la mortífera Transchaco. Tal vez alcanzar el proyecto transoceánico o porque no llegar a Bolivia en 5 o 6 horas desde Asunción. Pero son sueños, porque los trenes eléctricos serpentean por nidos lejanos como Europa, o por la nueva ruta de la Seda, que hoy une incluso a China.

Tal vez dentro de 25 años la siguiente generación encuentre una cura para nuestra anaconda enferma y no solo tenga el desolador lecho de cubiertas podridas en el fondo.

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