El capital humano es el activo más importante en una empresa. Las corporaciones no pueden permitirse tener trabajadores que se sientan desvalorizados porque esa emoción lleva a la desmotivación, a la falta de compromiso laboral y, como está comprobado: a mayor motivación, mayor rendimiento.

No sentirse valorado es la principal causa de abandono laboral. Un trabajador con esta emoción tratará de buscar trabajo en la competencia y, si no lo consigue y se ve obligado a permanecer atado a su puesto, trabajará de mala gana, se limitará a cumplir con los mínimos exigidos, calentará la silla, como suele decirse…

Es verdad que, en ocasiones, pueden existir causas intrínsecas en un trabajador para que esta emoción negativa le invada, pero la mayoría de las veces es el líder empresarial quien debe revisar su política laboral para hacer que todo el mundo se sienta valorado y, por tanto, que su felicidad revierta en beneficios para la empresa; algunos estudios sugieren que la productividad llega a reducirse hasta el 40% cuando los empleados no se sienten a gusto.

Para que los empleados se sientan valorados es necesario:

Colocar a las personas en el puesto adecuado. Los trabajadores deben ocupar el puesto para el cual están cualificados, pero no tienen que permanecer eternamente en el lugar asignado; si lo desean, pueden formarse y crecer dentro de la empresa.

Ofrecer participación en la toma de decisiones. Todos deben saber que serán escuchados y que sus ideas serán tenidas en cuenta, que la creatividad se premia y se valora, que las opiniones y aportaciones son siempre bienvenidas.

Estar abierto a la comunicación. Para crear equipo sin que nadie se sienta excluido, la comunicación es esencial. Hay que escuchar a todos y fomentar no solo la comunicación vertical, sino horizontal y multidireccional.

Delegar sin supervisar en exceso. Los trabajadores que se sienten responsables de su trabajo, sin presiones, ni controles excesivos se sienten más valorados y desempeñan mejor sus tareas.

Facilitar la vida a los trabajadores. Aunque una retribución justa es importante, los empleados valoran incluso más el llamado salario emocional, con facilidades para teletrabajar cuando necesiten hacer gestiones, flexibilidad horaria para recoger a su hijo del colegio, para compatibilizar su vida personal y laboral…

No basta con valorar al trabajador, también hay que saber decírselo. Poner en palabras las emociones es tan importante como actuar adecuadamente. Es imprescindible aprender a verbalizar que valoramos a los demás. Hay frases clave que los líderes deben pronunciar y hacerlo sinceramente, porque, cuando es así, producen un efecto balsámico en quien las recibe y de contagio en quien las escucha: todos están dispuestos a decirlas. Estas son mis favoritas: “Lo siento, me he equivocado”; “cómo puedo colaborar para que lo consigamos”, “valoro mucho tu aportación”, “confío en ti plenamente”, “has hecho un buen trabajo”, “cómo estás”, “gracias”…

Cuando estos puntos se cumplen, se “construye equipo” y cada uno de sus miembros se siente valorado. El trabajo que nos vemos obligados a hacer cada día quizá no cambie, pero sí sus condiciones. Y eso es lo verdaderamente importante. Jean Paul Sartre lo expresaba así: “La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”.