• Por Fernando Filártiga
  • Abogado

Desde que existen, el problema con las criptomonedas ha sido la desconfianza. Carecen del respaldo y las garantías del dinero de curso legal emitido por bancos centrales. Por ello, su precio fluctúa a veces en forma violenta y no pueden reemplazar al dinero como medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor. Además, sus características especiales las hacen atractivas en el mercado negro.

Ahora Facebook pretende cambiar esa historia con Libra, una nueva moneda global diseñada por la gigante tecnológica. Si bien Libra compartirá características con las criptomonedas que ya existen (carácter privado, alta tecnología, facilidad de transacción, registros en cadena de bloques, etcétera), también diferirá de ellas en aspectos esenciales, pues contará con el respaldo de un conjunto de activos de bajo riesgo (títulos soberanos confiables), alianzas comerciales estratégicas y una asociación sin fines de lucro que la administrará de manera independiente, al menos en teoría (Asociación Libra). En concreto, se ha concebido un diseño estratégico para garantizar estabilidad y propagar el uso del producto.

Hablamos de una iniciativa sin precedentes en términos de escalabilidad. El solo hecho que Facebook sea el promotor convierte a sus 2.400 millones de usuarios activos en eventuales usuarios de Libra. Facebook la presenta como instrumento de inclusión financiera, dirigido especialmente al 31% de la población adulta del planeta que aún carece de una cuenta bancaria. Al menos hipotéticamente, Libra podría mantener un valor estable, ser accesible y aceptada alrededor del mundo, con lo cual podría relegar a segundo plano al dinero de curso legal en ciertas transacciones minoristas, inclusive a los signos monetarios de referencia (ver: www.libra.org).

Todo esto ha generado un clima de mucha tensión, al punto que Libra no está lista, ni tiene fecha cierta de lanzamiento, pero desde setiembre a hoy al menos 5 países de la eurozona (Francia, Alemania, Italia, España y Países Bajos) ya han decidido prohibirla o bien obstaculizarla en la medida de lo posible, con el justificativo de impedir que una entidad privada asuma poderes monetarios. Por su parte, el mes pasado Mark Zuckerberg compareció ante el Congreso de los Estados Unidos donde varios legisladores describieron a Libra como un desafío al dólar americano y un activo de alto riesgo, proclive al financiamiento del crimen.

El argumento obstruccionista de los europeos es débil. Facebook no clama soberanía monetaria, en realidad pretende ofrecer una opción más eficiente que el dinero tradicional; prohibirla de plano pareciera una exageración. Los congresistas estadounidenses sí tienen un punto: Libra es riesgosa y el propio Zuckerberg, acogotado entre interrogatorios, debió reconocerlo ante el Congreso. Su estructura presenta aun muchas ambigüedades, Facebook tiene malos antecedentes en materia de protección de datos y el distanciamiento súbito de socios cruciales como PayPal, eBay, Visa y MasterCard tras las tensiones generadas especialmente en Europa, puso en entredicho la solidez de las alianzas en las que fundamenta su supuesta confiabilidad.

¿Cuál debería ser la posición del Estado? Prohibir es una actitud autoritaria que paraliza la innovación. Las criptomonedas existen hace años y consideramos que el Estado, en lugar de impedir versiones mejoradas, debería enfocarse en moldearlas a través de regulaciones que aseguren extremos como la protección al consumidor, mitigación de riesgos e incidencia sistémica. En otras palabras: orientar la innovación, no asfixiarla.

Aquí mismo tenemos buenos ejemplos de la orientación correcta. Ya en el 2014, el BCP reglamentó el dinero electrónico (no confundir con criptomonedas) para mejorar la inclusión financiera, uno de los objetivos declarados por Facebook. Y en Europa, el Banco Central de Suecia ahora se plantea la emisión de dinero de curso legal desmaterializado, luego de 3 siglos de acuñarlo en medios físicos. Muchos bancos centrales trabajan en esta línea, porque comprenden que la relevancia del Estado en el sistema de pagos depende más del Estado mismo que de factores externos.

En suma, Libra continuará despertando dudas, pero de momento ya ha generado una llamada de atención: el dilema innovar o perecer también califica para la soberanía monetaria. En paralelo a las iniciativas privadas, las autoridades monetarias deben priorizar la modernización de los pagos.