• Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez
  • Dr. Mime

“… La primavera la sangre altera...”, dice la canción y, aunque esta primavera de 40 grados nos deja más que introducidos en el verano antes de tiempo, sin embargo no puede dejar de ser excusa para que les hable de algo que enamora y es, precisamente, el amor, valga la redundancia. Y si vamos a la expresión tangible del amor en casi todas las culturas (no todas, porque un 10% de la población mundial no se besa nunca por cuestiones culturales), el beso es la demostración ruidosa y de contacto más sincera del amor, aunque también puede serlo de la traición al mejor estilo de Judas. Y fíjense que es tan importante que hasta tiene su día mundial del beso: cada 13 de abril.

Pero... ¿qué es un beso?

Si queremos descifrar lo que realmente es un beso, no tendremos que recurrir al diccionario de la Real Academia Española para saberlo, ya que al decirnos que es la “acción y el efecto de besar”, aparte de ser una definición cuando menos bastante pelotuda por cierto, también comete una injusta omisión de los verdaderos mecanismos del ósculo, que como habrán adivinado, también son cerebrales. De hecho, el mecanismo del beso y su justificación biológica es mucho más profunda que una simple herramienta del deseo o una llave sobre la cual se abre una puerta a la relación sexual. El cerebro tiene neuronas que ya “de fábrica” saben cómo besar y cuándo hacerlo.

Al beso le dan más importancia las mujeres que los hombres, y ello se explica naturalmente porque el cerebro femenino se halla más capacitado para cuidar la prole y, por ende, son ellas las encargadas de vigilar la descendencia. Por eso, el cerebro de ellas es el más selectivo a la hora de elegir pareja. Y es por eso que en algunos casos se le da tanta importancia en las fases de selección de una pareja. Además, las mujeres en etapa más fértil de su ciclo mensual, dan más importancia al beso, ya que es una puerta al inicio del acto sexual y además les sirven para ir aumentando en la fase de conocimiento e intimidad que tiene toda pareja en su historia evolutiva como tal.

Un beso, por más simple que parezca, deja huella en nuestra memoria creando nuevos circuitos neuronales. Es más, nuestro cerebro viene con un GPS localizador de besos de fábrica: científicos de la Universidad de Princeton (USA) describieron ya en 1997 que el cerebro humano posee neuronas capaces de detectar la posición de los labios de la persona amada aún con los ojos cerrados o con la luz apagada. ¿Qué tal? No es una mentira, entonces, decir que los besos van directamente al cerebro.

De hecho, el mero roce de los labios con el de otra persona activa automáticamente una zona situada en el centro del cerebro y de la cual hablamos repetidamente en varias entregas sabatinas de esta columna, el sistema límbico, nuestro gran regulador emocional, desde donde parten estímulos a la corteza cerebral o al tronco cerebral que regula los mecanismos basales de la respiración, el ritmo del corazón, la tensión arterial, el tono muscular, la producción de saliva, e incluso la producción hormonal mediante el hipotálamo.

De hecho, esa sensación de “mariposas en el estómago” que se produce cuando se besa a alguien está causada porque al llegar el impulso del beso en forma de señal nerviosa al tronco cerebral, este, que tiene fibras en todo el sistema simpático y parasimpático de las vísceras abdominales, envía un impulso que recorre todos esos órganos, y es por ello que se siente esa hermosa y rara sensación que se reproduce incluso cuando se ve a la persona amada, sin necesidad de tocarla, pero imaginando sus besos. Incluso, hay gente (mucha por cierto) que describe que siente escalofríos cuando besa, que hasta no puede controlar, lo cual se explica por el mismo mecanismo que describí para las “mariposas en el estómago”.

Besar adelgaza... o al menos quema calorías. De hecho y para ser exactos, quema 12 calorías por beso, en parte las mismas que se invierten en mover los 36 músculos faciales y cervicales que se implican en el acto de besar y en parte porque cada beso aumenta de 60 a 100 latidos por minuto nuestra frecuencia cardiaca, aumentando enormemente el metabolismo.

Ya lo dice el maestro Joaquin Sabina en “Siete crisantemos”: “... lo malo de los besos es que crean adicción...”. ¿Y cómo no hacerlo? Con el beso también libera una verdadera catarata hormonal. Un ejemplo son las endorfinas que son los análogos naturales de la morfina producidas por el cerebro y que al liberarse generan una sensación de bienestar, e incluso calman intensamente el dolor físico. A estas endorfinas se une la oxitocina (la hormona cerebral del apego y el contacto interpersonal) y la testosterona (relacionada al deseo sexual). Después de estas, es cuestión de milisegundos para que comiencen a liberarse la adrenalina y la noradrenalina que aumentarán la frecuencia cardiaca y la tensión arterial, preparando al cuerpo para “entrar en acción” (frase usada aquí en el más peyorativo de los sentidos). Y también se libera un neurotransmisor llamado ácido gamma-amino-butírico (GABA) que regula las respuestas de tranquilidad o relajación.

La liberación hormonal y de neurotransmisores en el cerebro al momento del beso es tan importante, que de hecho al observar una pareja besándose por ejemplo en el cine, el cerebro libera dopamina, que es el neurotransmisor del placer. Incluso, el hecho de cerrar los ojos al momento de besarnos tiene su explicación cerebral.

Esto sucede no solo porque al permanecer con los ojos abiertos tendríamos mayor posibilidad de que otros impulsos sensoriales interfieran en nuestras sensaciones, sino porque también al momento del beso se libera una sustancia llamada feniletilamina que es la precursora del enamoramiento, pero que produce dilatación pupilar, cerrándose los párpados en respuesta refleja a esta dilatación. Conocerán más de la feniletilamina en mi libro “Cerebra la sexualidad” (cuya primera edición se agotó, pero que en el 2020 verá la luz en una segunda edición).

Además, debo decir que un beso intenso (así como una relación sexual de “alto voltaje”) pueden causar una dificultad visual transitoria (visión borrosa) debido a la liberación de catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) de manera brusca en el torrente sanguíneo. Incluso, el hecho de que giremos la cabeza en el momento del beso tiene que ver con nuestro desarrollo cerebral. El 65% de los humanos giramos (me incluyo) la cabeza a la derecha para besar, mientras que el 35% restante lo hace a la izquierda. Y esto tiene que ver con el desarrollo cerebral y lo que se conoce como lateralización cerebral en los primeros meses de vida.

Pero no todos los besos son buenos. Hay besos que son tan malos que transmiten cáncer. De hecho, si una persona ha besado a más de seis personas en su vida en la boca, tiene más altas probabilidades de contraer el virus del papiloma humano (VPH) que es precursor del cáncer de boca y faringe principalmente en el mundo, mucho más aun que el hábito de fumar.

Ah, me olvidaba. Para que vean cuán importantes son los besos en el desarrollo humano, les cuento que los científicos de la Universidad de Pittsburg (EEUU) han descubierto que existe un gen llamado KISS-1 (o gen del beso) que, asociado a otro, inician los mecanismos que desencadenan la pubertad.

No es tan sencillo dar un beso. ¿Ya vieron? Un beso, definitivamente, nos puede poner completamente DE LA CABEZA.