Una amiga se lamentaba que al salir de la oficina, en plena siesta, dos jóvenes la asaltaron y la despojaron el celular. Y se lamentaba, principalmente, porque ella es de las que piensan que a jóvenes como esos no les falta cuartel, sino políticas públicas. El problema es que tanto ella como los que no piensan como ella, están y estamos todos inmersos en este mismo ecosistema donde la falta de resultados en los planes gubernamentales para la reducción de la pobreza expone a la clase media cada vez más a episodios de violencia.

Haciendo énfasis en la clase media (porque la condición de pobreza misma merece un análisis especial y más profundo) siempre es oportuno recordar que se trata del sector en el que más expectativas hemos depositado. De la clase media esperamos que se mantenga más grande en número y pueda sostener la mayor parte del gasto público con el pago de sus impuestos. Le atribuimos trabajar dentro de la formalidad y de inculcar a sus hijos los valores que nos deben hacer trascender como sociedad. La clase media es finalmente un status al que los gobiernos pregonan todo el tiempo elevar a las personas en situación de vulnerabilidad, mediante la aplicación de políticas públicas oportunas.

El problema es que al alcanzar ese status, los otrora beneficiarios de las políticas públicas pasan a pertenecer a un segmento de la población totalmente olvidado por ellas.

Partiendo de la definición misma de lo que es una política pública, podemos pensar en ella siempre como acciones de gobierno con objetivos específicos, y siempre de interés público, que surgen como resultado de diagnósticos y análisis para la atención de problemas bien identificados. Es decir, no asociarla a programas específicos dirigidos a los segmentos vulnerables de la población, sino a estos como políticas públicas específicas dentro del gran abanico de políticas posibles. Pensar a las políticas públicas como acciones transversales, multidisciplinarias, multisectoriales, pero siempre coherentes con el ideal de lograr el bien común.

A la clase media en Paraguay y en otros países de la región nos hemos cansado de diagnosticar como angustiada, sobreendeudada, con problemas para acceder a créditos con tasas de interés razonables para la adquisición de vivienda, obligada a contratar servicios médicos de elevado costo por la precariedad de la salud pública y castigados sus hijos por las deficiencias de la educación que se brinda desde el sector público, si no tienen posibilidad de pagar educación privada. El discurso del acogotamiento de la clase media es como un chicle mascado, escupido y vuelto a mascar por cada político, periodista, economista, sindicalista y actores varios del escenario social. La realidad es que con la globalización del mundo la clase media también se ha vuelto menos tolerante con la falta de puntería de sus políticas públicas.

Conversando con un pedagogo hace algunos días sobre la utilización de nuevas herramientas tecnológicas en la educación primaria, haciendo énfasis en si se trataba de un nuevo recurso o una amenaza, nos decía entre otras cosas que con la utilización cada vez más temprana de teléfonos móviles, los niños llegaban a los cuatro o cinco años con una “licenciatura en celular”. Lo que subyace detrás de esa afirmación es que esos mismos niños se irán convirtiendo en jóvenes ciudadanos mucho más demandantes porque a ellos internet les ha mostrado que un mundo con mejores políticas públicas en otros lugares del globo sí es posible y la falta de murallas en el acceso a información es la misma falta de barreras en sus demandas.

¿Tienen estas nuevas generaciones demandas que nuestras jóvenes democracias no están en condiciones de satisfacer? Es posible. Pero tan seguro como eso es que la falta de tino en las políticas públicas hará el tambaleo de los gobiernos una constante.