- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
Me despertó el griterío en la madrugada, me levanté medio zombie y seguí el ruido. Abrí la puerta y allí estaba Juan Carlos, mi vecino. Le habían roto el portón y los vidrios del auto.
No tenía muchas cosas adentro. Le llevaron lo que encontraron: los documentos, la radio (que al estirar los cables, rompieron el tablero), el extintor, el gato, la llave de ruedas y la llanta de auxilio. Cosas básicas que dejamos en el auto y jamás pensamos que nos van a robar y menos dentro de nuestra casa, pero ahí estaba, lamentándose por el vidrio roto que tendrá que reponer y la reparación del tablero y del portón, un gasto extra que siempre cae en mala fecha. Eso sin contar los documentos que volver a hacerlos le va a robar tiempo que nunca sobra.
Enseguida me puse en su lugar. Ya me había pasado. La misma rabia, la misma impotencia, esas ganas de encontrarte frente a frente con el ladrón, tener un arma y meterle un par de tiros. Esa decepción reflejada en su rostro que se multiplica en la televisión, en cada noticiero, en cada crónica policial.
Le propuse hacer la denuncia y me sentí como el último estúpido del planeta.
– ¿Para qué? Me dijo con cierto tono de resignación… y supe que en el fondo tenía razón.
La corrupción en la Policía es tal que ya perdimos la confianza. No es una novedad ni un secreto a voces. Son muchas las personas que recuperaron sus objetos robados, pero debieron poner dinero para hacerlo. Con dinero todo se puede, incluso sobornar a alguien para que haga su trabajo.
Y es que ya no es novedad la contaminación en una institución que basa su fortaleza en la confianza de la gente. Sin confianza todo resultado es un mero golpe de suerte, o vendetta, o quien sabe qué.
Unas horas antes del robo a mi vecino, la Policía estaba nuevamente en boca de todos. No fue porque un policía le dio de comer a un niño pobre, o que otro oficial ayudó a una anciana a cruzar la calle ni por recuperar 200 mil guaraníes de un comerciante al que le robaron 60 millones. No.
21 policías habían sido detenidos acusados de brindar información privilegiada y secreta, proteger y encubrir al temido narcotraficante brasileño Levi Adriani Felicio, detenido en una operación cinematográfica semanas atrás por agentes de la Secretaría Nacional Antidrogas en plena capital del país y luego expulsado al Brasil en medio de un gran despliegue de seguridad.
Pero no fue solo por Levi. El narco solo fue la punta del iceberg que desnudó la mafia.
El Operativo North reveló que estos policías (que pertenecen a la Jefatura de Amambay, Santa Rosa, Investigación de Delitos Central y la Comandancia de la Policía Nacional, entre otras) darían cobertura a grupos narcos en el norte del país.
Es tanta la desconfianza que hasta la propia forma en que fueron detenidos es de película. Y es que fueron llamados para una supuesta reunión de trabajo y una vez que llegaron fueron detenidos por sus propios camaradas en las narices de los fiscales intervinientes.
Y nuevamente recibimos el condimento que alimenta nuestra desconfianza. El propio y flamante nuevo ministro del Interior aseguraba que las acciones ilícitas en las que caen los uniformados se deben casi con exclusividad a su poca remuneración. O sea, son ladrones, protectores o coimeros porque ganan poco.
Pero volvamos a Juan Carlos, mi vecino. ¿Cómo le explico que haga la denuncia? ¿Cómo le digo que alguien que gana poco (según el ministro) va a correr detrás de los ladrones que acaban de robarle a las 2:00?
Es tarde y mañana hay que trabajar porque así es la vida, es el proceso natural de una sociedad. Lo sabe Juan Carlos, quien deberá pagar con su bajo salario y sin robar la inutilidad de una institución que mantenemos todos.
No puedo dormir, enciendo la tele y veo una película de policías, narcos y delincuentes… La agarré medio por la mitad y no sé quién es quién… Como acá en el día a día…
Es lo que hay.
Pero esa… es otra historia.