EL PODER DE LA CONCIENCIA

Hace apenas tres días, el miércoles, por las redes sociales divulgaron un espectacular accidente en el que dos motociclistas se estrellaron de frente. Más de uno expresó su incredulidad ante la forma en que se produjo el choque, puesto que es casi imposible que ocurra un impacto de esas características. Sin embargo, no era la primera vez.

Al día siguiente, es decir el jueves, los videos seguían recorriendo los grupos de Whatsapp, pero desde otros ángulos, como si el director de cine hubiera editado las imágenes, que eran más espectaculares.

Efectivamente, en la pantalla se podía ver cómo el conductor del biciclo, irresponsablemente, salía de su carril a pesar de tener sobre el asfalto la doble franja que prohíbe el adelantamiento y… ¡Pum!, las dos motos se estrellan una contra otra en una función épica, volando por los aires cuerpos y trozos de máquinas.

No faltaron las risas ni los comentarios sarcásticos, como es habitual. En vez de tomar conciencia sobre la gravedad del hecho y pensar en las víctimas o en sus familiares, los internautas intercambiaron exclamaciones de burlas. Pero en pocos segundos pasaron al siguiente video o mensaje, olvidando el “simpático” accidente.

Pero de simpático no tenía nada, mucho menos porque no era el mismo anterior, es decir, no era la repetición del choque del miércoles. Este había ocurrido el jueves, esta vez en Santa Elena, Cordillera.

Eran las 18:37 cuando Arnaldo Andrés Mendoza y Ramón Osvaldo Pera Fleitas se estrellaron uno contra otro. El primero falleció en un sanatorio privado de Itacurubí, el segundo en el hospital de Caacupé. El informe daba cuenta de que “uno de los motociclistas pasó a toda velocidad sobre un reductor de velocidad, salió de su carril y embistió frontalmente a otro que circulaba en sentido contrario”.

Para todos, menos para los familiares, el accidente quedó en el olvido; sin embargo, ¿quién es responsable de la muerte de esas dos personas? ¿Quién en su sano juicio atropella un reductor de velocidad, menos en una motocicleta? La respuesta más común sería: un ebrio. ¿Sí, al conductor irresponsable se le pasaron las copas y se fue al cielo a festejar?

Como el difunto no se puede defender, quisiera hacer de abogado del diablo y meter la cola. ¿Y si ese hombre no había bebido? La otra respuesta es que no vio el reductor de velocidad.

Y es aquí donde quiero detenerme. Pregunté quién se hacía responsable por esas dos muertes. Nadie apuntaría a ningún intendente municipal, ya que la respuesta más rápida y de moda es llevar al banquillo de los acusados al alcohol. Sin embargo, casi ninguno, o posiblemente ningún reductor de velocidad cuenta en este momento con la debida señalización de advertencia.

¿Quién debe ir preso por esta negligencia? ¿Quién es culpable por las muertes?

Ejemplos hay cientos, como las de la avenida Sacramento –de ida y de vuelta–, o entrando apenas en la avenida Boggiani. Son muchos más los reductores despintados convertidos en trampas mortales que los que tienen pintura y cumplen su función de prevención.

¿Les falta pintura a los intendentes o les sobra desidia? ¿Cuál es la excusa para inaugurar esas obras y luego olvidarlas? ¿La foto para sociales? Esa negligencia es mortal. Mata como a Arnaldo y a Ramón, dos personas cuyas familias hoy visten de luto, personas que podían haber sido parientes tuyos… o vos mismo.

La epidemia de reductores de velocidad despintados es una de las muchas negligencias que a diario deben enfrentar los conductores en Paraguay. Existen obras mal proyectadas, como el peligroso murito en medio de la avenida Cacique Lambaré, que a más de uno causó disgustos y pérdidas económicas y que no reporta ningún beneficio al contribuyente.

Son ejemplos que se extienden al MOPC, que también inaugura “obras de progreso” y luego las olvida. O que coloca semáforos con luces quemadas, y lo peor, mal sincronizados, que hacen más lento el tránsito.

Las personas encargadas de controlar las falencias viales no cumplen su cometido y el resultado está a la vista: hay demasiados ejemplos. Nadie les devolverá la vida a Arnaldo y a Ramón ni cumplirá los planes y promesas que ellos tenían. ¿Quién se hace responsable? ¿El intendente que, no ve nada en su oficina con aire acondicionado? ¿Los agentes de tránsito más preocupados en pillar infractores que en prevenir muertes? Alguien debe salir a las calles y percatarse de las muchas falencias que existen.