• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina

Dentro de 27 días los argentinos decidirán quién será el presidente que suceda a Mauricio Macri el 10 de diciembre. El analista Ricardo Rouvier –luego de consultar a 1.200 personas telefónicamente, con un margen de error de 2,8% y una confiabilidad de 95,5%, según su autor– asegura que 72,7% de la ciudadanía cree que Alberto Fernández, el candidato por el peronista Frente de Todos, será el triunfador. Solo un 14% sostiene que Macri será reelecto. Rouvier reporta también que Alberto F. tiene una intención de voto de 52.9% en tanto que Mauricio se ubica en 34,5%. No es muy diferente de otras compulsas que circulan. El futuro inmediato de ambos parece estar claro, aunque, como sucede con cierta frecuencia en este país y en el mundo, todo puede cambiar porque, como canta Fabiana Cantilo, “nada es para siempre”.

Pese a la cercanía de la elección y a la creciente incertidumbre social, los candidatos con mayores posibilidades poco y nada expresan acerca de sus planes de gobierno. Sus arengas se mantienen en el plano de los ejercicios motivacionales y ambos, con variantes mínimas en formas y modos, aseguran que podrán y, apoyados en esa promesa de nada más etéreo que la ilusión, transhuman la Argentina.

Habitantes destacados en el país de los eslóganes y del “spotismo (sic) ilustrado”, como suele categorizar el académico Eduardo Fidanza a la práctica tan extendida entre candidatas y candidatos de disparar palabras e imágenes vacías de contenidos sobre los temas que más preocupan a esta sociedad, los postulantes sólo mencionan –sin precisiones– que abordarán con decisión los desajustes económicos y financieros en las cuentas públicas, que propiciarán estándares más eficientes en la seguridad pública, que abogarán por la seguridad jurídica, que la docencia será bien remunerada, que jubiladas y jubilados habrán de mejorar la calidad de vida, pero nada, casi nada o muy poco dicen sobre relaciones internacionales.

Sorprende. Especialmente porque el futuro de corto, mediano y largo plazo está profundamente vinculado con el escenario transnacional. “La Argentina no ha dado explicación de sus comportamientos en los últimos 15 años”, dijo días atrás a este corresponsal el embajador Juan Pablo Lohlé, con medio siglo de militancia peronista e intensa gestión en el servicio exterior argentino y advirtió, a quien quisiera oírlo que el mundo está esperando saber qué hará este país.

La semana pasada, ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el presidente norteamericano Donald Trump sostuvo que “el futuro no pertenece a los globalistas, sino a los patriotas”. El premier británico, Boris Johnson, fundamentalista del Brexit, se ubica en la misma línea y, como el habitante de la Casa Blanca no ahorra esfuerzos para alcanzar los objetivos separatistas que se propone. Entre los patriotas –como los categoriza Trump– se encuentran también “los mandatarios de Brasil, Venezuela, Rusia, Turquía y Hungría”, apunta el analista Jorge Elías, director del portal informativo elinterin.com y advierte que este tipo de “líderes alfa” llegaron al poder con una “mezcolanza entre la ilusión y el miedo, resumidos en los eslóganes America First (Estados Unidos primero) y Take Back Control (recuperemos el control) a través del Brexit”.

Marcelo Cantelmi en Clarín advierte desde Beijing, China, que en ese país “crece la noción de que el mundo asiste a una nueva geopolítica”. Apunta que “ya no, se reconstruirá la relación de mutuo aprovechamiento” del Imperio del Centro con Estados Unidos y advierte que crecerá “una rivalidad (sino-norteamericana) por la hegemonía comercial, económica y científica”. A esa relación tensa le agrega tirantez el vínculo estratégico entre los presidentes chino, Xi Jinping y ruso, Vladimir Putin, que la prensa oriental percibe como “el primer paso de una nueva era” en desarrollo avanzado que, en el 2018, generó comercio bilateral por poco más de U$S 100.000 millones. ¿Hacia dónde irá Argentina?