• Por Mario Ramos-Reyes
  • Filósofo político

Existe una paradoja en el mundo actual. Por un lado, todo el mundo habla de ética o de la falta de la misma; de corrupción e inmoralidad, sobre todo en política, pero, al mismo tiempo, se sabe muy poco de lo que es la ética o de las éticas (en plural). En qué consiste, cómo se las puede o pueden identificar, cuáles serían sus pretensiones; y, esto se debe, me parece, más que a una cuestión práctica, a una cuestión teorética, de filosofía. La nuestra es una época que tiene aversión al pensar reposado y riguroso. La filosofía, saber riguroso, no es el plato apetecido de los ciudadanos del siglo veintiuno. Se quiere y pide, sí, soluciones e ideas rápidas, inmediatas. Nadie está interesado en esperar la exposición tersa y clara de una propuesta de filosofía moral. Y esto ocurre en todos lados: en las democracias de los países desarrollados y las de los emergentes. Por un lado, se afirman principios y normas éticas; echándolo de menos en la práctica; y, por otro, emocionalmente, se los niega o cuanto menos, se minimiza la justificación de los mismos.

Paradoja en el propio sentido del término: un concepto cuya significación es, en apariencia, lo contrario de lo que expresa. Se quiere una ética práctica, pero se niega la validez de la argumentación de principios. Esto ocurre a menudo, insisto, y me ha ocurrido a mí: si me piden hablar de ética, la charla se desvía, por la impaciencia mencionada, de la filosofía moral a políticas públicas que podrían evitar la corrupción. Y así, todo sigue sin aclararse.

La ética no se funda en la emoción

He pensado sobre este fenómeno social más de una vez. Sobre todo, los últimos diez años. Y la razón o razones, que creo, dan pie a este problema, radican en un malentendido. ¿A qué me refiero? A que la misma, la ética, que se la ha conocido siempre como una reflexión racional sobre la conducta humana con el fin de dirigirla hacia un fin deseado que, en la abrumadora mayoría, apunta al bien del ser humano, o mejor expresado como la felicidad, se la mide por la emoción. La felicidad o el bien se entienden como una realidad emotiva. Y toda esta concepción se expande, desde cátedras universitarias a las redes sociales, mezclando todo sin distinguir, presentando así un panorama desolador.

Pero vayamos por parte. Ser ético es, así, ni más ni menos, tratar de, siguiendo ciertas normas razonables, ser feliz. Lo que supone que, en primer lugar, los seres humanos somos razonables. Que estamos dotados de una razón, insisto, con posibilidades de afirmar normas de conducta objetivas. Que no es lo mismo matar que defender la vida; no tiene el mismo calificativo ético el beber desenfrenadamente que mantenerse sobrio. Esto es lo que estimaría toda persona razonable. Pero esta afirmación es rechazada hoy, tácita o explícitamente. Es que, la savia cultural que alimenta las democracias liberales, no cree más ni en la racionalidad fuerte, ni menos en la posibilidad de encontrar el bien, reduciendo la felicidad a cualquier estado de ánimo, con tal de que la libertad no se la moleste.

La ley: antídoto contra la inmoralidad

De ahí que no es posible hablar razonadamente de lo ético: no es racional, se dice, sino emocional. Por lo tanto, se concluye: al corrupto no se le puede educar, sino solo impedir su conducta legalmente. O por la fuerza. Lo que nos hace “buenos” serían las leyes y no la educación del carácter. Eso sería romántico, vano, inútil. Así, a la democracia como régimen político que supone una vida familiar y comunitaria, formada en el carácter y las virtudes, se la deja de lado. Se la privatiza tal vez, con suerte. Lo público es reservado a lo “cultural” que defiende, comúnmente, un relativismo emocional donde no hay normas morales racionales y donde todo es subjetivo.

Y como cada cultura cambia constantemente y hay diferencia entre las mismas, también habrá diferencia entre las conductas, sin que ninguna de ellas pueda reclamar para sí la verdad ética. La vida ética se reduce así al poder. El Estado de derecho permitirá así cualquier ética, sin detenerse en lo que ella representa. De nuevo, no hay razones, solo emociones y si de eso se trata, debe reducirse a lo privado. En lo público, no habrá una sino varias, todas debidamente legalizadas: utilitarias, egoístas, deontológicas. Lo legal sería así el criterio de su obligatoriedad o no. Si algo es legal, sería ya moral.

Ética democrática: ética a la carta

Nadie puede persuadir a nadie de la verdad de principios éticos, pues el principio de racionalidad es, como vimos, no solo dejado de lado, sino ridiculizado. Cada uno tiene su “ética privada a la carta”, al decir del filósofo Lipovetsky, convirtiendo al sistema político en una maraña de leyes para proteger y evitar todo acto que cualquiera “sienta” que es inmoral u ofensivo.

La realidad de haber tenido una ética, la clásica y cristiana, es hoy un sueño: no existe más en la cultura. Por eso el problema de la democracia actual, sea en países desarrollados o emergentes –da lo mismo– son las éticas (en plural). La ética cristiana que ya no es tal, se ha perdido. Y esta forma de pensar también ha penetrado –y lo afirmé más de una vez– en grandes sectores de la Iglesia: ya no se habla de una moral fuerte, clásica, donde el bien es bien y el mal, es mal, sino de una suerte de diálogo en donde todas las voces tendrían el mismo peso y racionalidad. El tema de la ética en una democracia es un tema muy serio, que escritores y profesores están tratando de manera frívola. Hay razones filosóficas que fundamentan rigurosamente la realidad de lo ético. Es hora de volver a lo esencial.