Siempre que exista un hecho disparador como la muerte de una persona, los dirigentes deportivos y las autoridades nacionales se llenan la boca de buenas ideas, de compro­miso, de valores.

Esta semana se escucha­ron pensamientos muy pro­metedores con el fervor de quienes aman el deporte, se reunieron, discutieron para articular conocimientos y experiencias para erradicar la violencia de los escenarios deportivos.

Buscan una ley con enfoque preventivo, educativo y, en caso de cometerse los hechos, condenar severamente con la prohibición por un periodo determinado de asistir a las canchas a quienes no tienen aún antecedentes, y aquellos que ya los tienen tendrán la prohibición de por vida de acudir a un evento deportivo.

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Esta ley pretende abarcar todos los hechos punibles para evitar más muertes. Pero en general el problema no es la falta de leyes, sino el cumplimiento de las mis­mas. Para ejecutar las nor­mas legales se precisan de herramientas tecnológicas, humanas y, por sobre todas las cosas, la voluntad de facto para erradicar las violencias en todos los ámbitos. Es ahí en donde se establecen con­flictos de intereses, porque la relación barra organizada y dirigentes, en muchos casos, va muy comprometida. Es vox populi que no necesita com­probación, que la misma diri­gencia es la que impulsa la presencia de las barras, entre ellos muchos delincuentes, para apoyar a sus equipos. Caso contrario ¿cómo con­tratan vehículos, cómo con­sumen bebidas y otras dro­gas? ¿Quiénes solventan estos gastos? El dinero sale de alguien, quien también debe recibir el mismo castigo por ser cómplice de los delitos y crímenes.

No es cuestión de crear una ley para despertar concien­cia ni castigo. Es menester que cada actor cumpla su compromiso de ciudadano honesto y solidario para que, con el ejemplo, sea el eje pre­ventivo y no el disparador de la violencia. De esto saben muchos los dirigentes de los más grandes clubes, Cerro Porteño y Olimpia, quienes se exceden verbalmente y a veces llegan hasta la agresión física. Ese sector debe enar­bolar la bandera de la tole­rancia y buenos modales para instalar la convivencia , pese a la diversidad de intereses y pasiones. No más muertes, sí a la convivencia pacífica en los espectáculos deportivos.

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