• Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista

Voy a ponerle Juan, un nombre ficticio de una historia que se repite cada vez con más frecuencia y que de alguna manera toca a todos los amantes del fútbol, una historia que muchos vivieron de cerca o de lejos, con amigos o familiares, en persona o en tercera persona, pero que a nadie le pasó desapercibida.

Ese viernes, día del clásico, Juan se levantó temprano, preparó su remera de Cerro, el club de su pasión y sonrío. Desayunó como todos los días mientras escuchaba la radio y hablaba con su señora de llevar a los chicos a la cancha.

Iba a ser un día especial, algo que solo entienden los que llevan en la sangre la energía de los colores que mueven un sentimiento.

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Pero de la alegría desbordante pronto pasaría a la frustración, el miedo y luego al pánico.

Comenzó sobre la avenida Eusebio Ayala. La barra avanzaba lenta entorpeciendo el tráfico. Una escolta policial (sí, escolta policial) abría camino a una caravana caótica y temida. Insultos, golpes, cánticos inentendibles y caras desencajadas desfilaban por la avenida imponiendo el terror en cada cuadra.

El vehículo de Juan tuvo un problema mecánico y se detuvo. Fueron minutos que duraron una eternidad. Sintió la invasión criminal de un grupo violento e inconsciente. Sus hijos lloraban mientras el avance golpeaba con fuerza y balanceaba el vehículo, mientras Juan sentía cómo se le helaba la sangre.

Pero el auto reaccionó y pudo alejarse del peligro. Pensó que ya nada más iba a empañar la fiesta y que solo sería un mal recuerdo para las anécdotas del fútbol.

Dejar el auto en las cercanías de la Secretaría Nacional de Deportes fue todo un problema que sortearon a tiempo y con nervios tras la pelea habitual con los cuidacoches.

Cerro y Olimpia disputarían la Copa de la Liga Premium de Futsal, una fiesta para este deporte que por temporadas desata expectativas y pasiones.

La hinchada alentaba y el ruido era ensordecedor, pero Juan pudo presentir que algo no estaba bien. Fue cuando abruptamente el partido se suspendió y se comenzaron a escuchar los disparos.

Lo demás…fue el terror.

Juan corría con los chicos en medio de la avalancha, cuando cayó herido de un balazo en el pecho un joven que llevaba una bandera. No hay manera de describir lo que pasó por la mente de Juan en ese momento.

Se escondieron detrás de una muralla mientras una batalla campal de dimensiones épicas desataba una furia extrema e incontenible que arrasaba todo a su paso.

Al otro día los medios publicaban que ese enfrentamiento entre barrabravas había dejado un muerto y decenas de heridos, un tendal de vehículos y negocios destrozados y mucha, mucha amargura.

Una vez más la fiesta se había convertido en dolor.

El debate fue inmediato, en los medios se habló de la necesidad de erradicar las barras, de las desigualdades sociales, de la violencia como escape a las frustraciones y un montón de cosas de las que todos hablan hace tiempo pero hacia las cuales nunca se apuntó como un problema grave que tiende a salirse de control.

En el programa “Cuenta Final” que se emite por canal GEN, Camilo Soares y Felipe Goroso, encaraban el tema con el líder de La Plaza, quizás el más temido de cuantas barras existan.

El hombre revelaba que hay zonas liberadas (sí, por la policía) para permitir el enfrentamiento entre barras rivales. No fue todo.

Desnudó algo que todos sabemos, pero que salió de su boca sin inmutarse: en las barras corren drogas y alcohol, haciendo del hecho un problema normal.

Dijo que en sus filas (que calculó en 6 mil personas) tienen a policías, abogados, políticos y fiscales, y pese a que no todos son delincuentes, la mayoría son jóvenes sin expectativas que encuentran en las barras su lugar.

Ayudan a políticos a ganar elecciones, mueven manifestaciones ciudadanas y se autofinancian aportando una cuota mensual.

Me quedé pensando. Pese a lo caótico y errante de su comportamiento, trabajan como una corporación organizada que impone su fanatismo con terror a costa de quienes aman el deporte como entretenimiento que une y alegra a las familias.

Juan ya no volverá a la cancha con sus hijos. Se sacó su remera y la guardó en el último cajón del ropero. Siente vergüenza y el sabor amargo de un día que esperaba sea un buen recuerdo.

Las barrabravas son un problema social que necesita una solución urgente. Castigos, tecnología, controles y compromiso. Un compromiso que se debe asumir al costo que sea.

Hasta entonces, la remera de Juan seguirá guardada en el último y oscuro cajón del ropero, allí donde la pasión fue herida de muerte por la violencia…

Pero esa, es otra historia.

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