Del “¡¿Por qué no te callas?!” del rey Juan Carlos de España al entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez ha pasado más de una década y desde entonces los exabruptos de alto nivel no han perdido vigencia, sino que han ascendido –o mejor dicho descendido– abruptamente de categoría con la incursión de las redes sociales. Uno de los últimos culebrones presidenciales involucró al mandatario brasileño Jair Bolsonaro, quien consintió públicamente en Twitter la ofensa que hiciera un internauta a la esposa del presidente de Francia, Emmanuel Macron. En el medio de eso, ambos mandatarios se culpaban recíprocamente por el incendio actual del Amazonas y de Notre Dame el año pasado.

Aunque la discusión de fondo, el manejo sustentable de recursos naturales, quedó en este caso reducida a nada, es interesante recordarla para reabrir el debate sobre la hecatombe económica, sí económica, y no “solo” ambiental que tenemos encima y la madurez que requiere su abordaje.

La búsqueda de modelos económicos sostenibles no es una novedad, pero en nuestro país se avizora la tímida incursión de un modelo que se revela con mucha contundencia y también esperanza ante el tomar–hacer–desechar. Se trata de un modelo conocido como “economía circular”.

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En la mayoría de los países que aspiran a la mayor industrialización, la expansión del Producto Interno Bruto conlleva en un alto porcentaje la extracción de materia prima de la naturaleza. En tal sentido, la economía circular es transgresora porque propone un cambio en la forma de producir y también de consumir. En pocas palabras es reciclar y darle valor industrial a lo que tenía como destino inevitable la basura.

En todo el mundo hay esfuerzos por instalar en la agenda la economía circular, en Paraguay viene de la mano de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI).

A nivel local hay empresas que vienen haciendo economía circular desde hace años, agregando valor y reutilizando, porque les resulta rentable. Así de simple. Como los diarios que utilizan el papel de las ediciones que no se vendieron en la jornada para fabricar las de los siguientes días. No obstante, ahora se busca instalar el tema en agenda y replicar modelos para el uso sostenible de los recursos, a gran escala.

“Economía circular es lo que hacía mi madre cuando reinventaba un mismo plato durante varios días, sin que nos cansáramos de la misma carne que no se terminaba de acabar”, le escuché decir a alguien sobre el tema, y no está lejos de la realidad.

De la economía circular lo que más me gusta es que sus dos enfoques (producir–consumir) nos plantean una reconciliación con nuestra naturaleza humana, y también con el ambiente, desde una óptica que no deja de perseguir el lucro, lo que la hace sostenible y escalable en el futuro.

A gran escala, los individuos que industrializan los desechos y los convierten en productos comercializables en el mercado son el futuro. Los demás, los consumidores, que nos reconciliamos con el estilo “vintage” de los muebles, que en otros tiempos hubiesen sido irremediablemente reemplazados por otros, ya somos el presente.

En Sapiens, Yuval Harari decía que “la esencia de la revolución agrícola era la capacidad de mantener a más gente viva en peores condiciones”. Quizá la esencia de la economía circular sea la de convertirnos en nuestros propios salvadores de un destino sombrío y de escasez que habíamos hecho inevitable.

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