Una vez más, un gobernante paraguayo, en este caso Marito, puso sobre el tapete el término y concepto de mandar, como expresión de su poder, atribuyéndose en exclusividad el nombramiento de funcionarios, lo cual nadie ha puesto hasta ahora en duda, elegirlos y nombrarlos es su atribución exclusiva, escuchar y consultar es su deber; vale la pena reflexionar sobre ese concepto de mandar que esgrimió con exclusividad absoluta el mandatario, al establecer su “poder exclusivo”.

Como muestra de su error y hasta de su horror, valdría recordarle al Presidente la catástrofe protagonizada en contra de los intereses del país por funcionarios nombrados por el Ejecutivo.

El Brasil casi se llevó a su casa la mitad de nuestra energía de manos de funcionarios nombrados con exclusividad por el Presidente. Valga de mal ejemplo. No cabe duda que, legalmente hablando, al Presidente le corresponde la autoridad de elegir a los funcionarios con los que va a trabajar; vale la pena recordarle también que le corresponde igualmente la responsabilidad por la mala elección de los funcionarios.

Como tenemos bastantes malos ejemplos de esta última clase, más le valdría al Presidente evaluar y analizar más sus designaciones, y dados los antecedentes inmediatos, más le valdría consultar más y alardear menos.

Valga traer a colación el título de este escrito para empezar, ya que en el Paraguay se confunde gobernar con mandar, lo que se acentuó y nos marcó durante las décadas de dictadura y, aún durante esta etapa democrática en que los tres poderes, seré más preciso, las tres instituciones que administran poder, reiteran su error de insistir en mandar, en vez de en gobernar.

Señores funcionarios de medio y alto rango, gobernar no es mandar. Gobernar es administrar; gobernar no es unipersonal, es consensuar, sobre todo cuando pensamos en democracia en donde hay que hacer convivir en armonía a sectores diversos en sociedades que cada día se tornan más complejas. Contra ese inevitable mandato de sociedades cada día más complejas, el concepto de mandar se vuelve cada día más retrógrado. Y el de gobernar más exigente, e inevitablemente, más participativo.

¡Es la política, presidente, el arte de gobernar!

¡Ha ndaha´éi tukuchulín!

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