EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Lic. Alex Noguera
- Periodista
- alexnoguera230@gmail.com
En la década de los 50 o 60 era casi un lujo contar con un aparato de televisión y lo más común para la distracción de las personas eran los libros y para la información, los programas radiales. Para la década de los 70 y 80 el boom de las editoriales hizo que las publicaciones de revistas inundaran el mercado.
Una de esas publicaciones se llamaba Selecciones, que en una de sus secciones fijas tenía el dibujo de un par de jugadores de tenis (con los ojos estirados) saludando y felicitando a sus adversarios de un lado de la red, tras finalizar el partido.
Esa imagen de décadas atrás hacía referencia al espíritu deportivo de los asiáticos, ya que estos competidores, a pesar de haber perdido el match, reconocían la victoria del equipo contrario y agradecían a los rivales de turno por haber disputado el juego de manera leal.
Esa cultura es la que quedó apresada en las letras de muchos idearios fundacionales de las distintas disciplinas deportivas, pero que sin embargo no sobrevivió a la realidad del nuevo siglo.
Paraguay no escapa a este fenómeno mundial, sobre todo en el fútbol, que más que deporte es un gigantesco y lucrativo negocio.
Esta semana tuvimos ejemplos de los grandes intereses que se manejan y de la exorbitante cantidad de dinero que se distribuye de forma casi silenciosa.
Por un lado, nos sorprendió la muerte del doctor Nicolás Leoz, sobre quien pesaba un pedido de extradición a los Estados Unidos para aclarar el destino de unos 130 millones de dólares, que se sospechaba habían sido fruto de sobornos. Por otro lado, la eliminación del último equipo paraguayo de la Copa Libertadores.
Ayer, la información que traían los medios dio cuenta de tres heridos de bala en distintas partes de Asunción, tras la finalización del partido del jueves. Y lo increíble es que los agresores no habrían sido los rivales extranjeros, sino los autóctonos, que celebraban la derrota ajena.
Antes la noticia había sido que el jugador del equipo visitante fue requerido por la “Justicia” y que tuvo que pasar por la Policía Nacional, por el Ministerio Público y por el juzgado para poder participar del lance “deportivo”.
Los dirigentes y prensa argentinos argumentaron que sería una “mano negra” y que “el ambiente estaba enrarecido”, tal vez como venganza a la muy dudosa conducta del árbitro y del VAR, la semana pasada, que “regalaron” dos penales para casi sentenciar la llave.
En este caso, lo peor no es la deshonestidad, sino las consecuencias. Y es que no nos damos cuenta de lo que sucede.
El aficionado que abona su entrada (o por el servicio de televisión paga) queda con la amargura de una eliminación “injusta” y una crónica sensación de impunidad. Esta situación se agudiza, ya que las imágenes –y sobre todo los comentarios– provienen de medios argentinos que generalmente analizan el panorama con un cristal poco objetivo.
La usina publicitaria no da tiempo para análisis porque ya anuncian el siguiente “gran partido” y las masas se inflaman producto de esa levadura.
Sin embargo, cada aficionado que se baja del tren queda en la estación con el boleto de la esperanza en mano y el peso de la rabia en la maleta.
Las nuevas generaciones no tienen en la mente la imagen de esos dos jugadores de tenis asiáticos, que con una sonrisa pasan la mano a sus rivales, sino que ven la violencia que se hizo costumbre y a una sociedad ignorante que busca explicaciones.
Todos escuchan el chirrido del engranaje, los dirigentes, los hinchas, la prensa, pero a ninguno se le ocurre que a esta maravillosa maquinaria inventada por el hombre llamada deporte solo le falta un poco de lubricante. Ese lubricante es la honradez, perdida en el fanatismo y en el negociado.
Hoy día el show, el espectáculo y la adrenalina son los que venden y los únicos que importan a los dirigentes, secundados por la prensa.
Los ganadores deben saber que la victoria sin virtud es un diamante imperfecto que ciega sin valor alguno. El esfuerzo leal de los perdedores brilla más desde abajo. Pero esa es una lección perdida en el siglo pasado.