• Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez
  • Dr. Mime

Es increíble la cantidad de gente que consulta semanalmente conmigo con un factor común: medicación previa para la ansiedad o la depresión desde hace años, trastornos para poder conciliar el sueño, dolores en diversas partes del cuerpo, problemas del ánimo y de la voluntad, problemas de intestino irritable, dolores de cabeza o de espalda… la variedad de patologías que desfilan por el consultorio son numerosas y casi siempre con un historial de medicación previa que a veces ya tiene sus efectos colaterales en la calidad de vida del propio paciente, lo que nuestros abuelos decían “es peor el remedio que la enfermedad”.

Sin embargo, muchas veces, y obviando el buscar tapar el humo sin siquiera intentar ver qué se esta quemando, me adentro solicitando estudios auxiliares que no son de mi especialidad, y con ellos en mano, derivo al colega especialista correspondiente, llevándome siempre la noticia final: todos los males que atormentaban al pobre paciente en su psiquis desde tiempo atrás, y que se buscaban paliar con ansiolíticos, antidepresivos o sedantes, tenían una causa física diversa, y que había sido obviada por el enmascaramiento del propio paciente al encontrarse desorientado ante el cúmulo de sintomatología que padecía.

Esto es lo que conocemos en Neurociencias como “somatopsicología”. O cuando el cuerpo enferma a la mente. No es lo mismo hablar de “psicosomático” que es cuando la mente influencia al cuerpo, como cuando estamos por declararle amor a la persona que nos gusta y sentimos que nos duele la panza o aumenta el peristaltismo intestinal y nos entran inoportunas ganas de ir donde menos tendríamos que ir en ese momento.

Por el contrario a esto, las patologías somatopsíquicas son absolutamente desconocidas y pasan desapercibidas en la mayoría de los profesionales como causa de dolencias que afectan a la mente y toda su cohorte de manifestaciones. Y eso sucede muy frecuentemente por años inclusive hasta que alguien se percata de eso. Y da en el clavo. Es que el efecto del cuerpo sobre la psiquis es muy notorio, o sino, díganlo aquellos que tienen alguna reacción alérgica o contraen un resfriado: la sintomatología inicial causa decaimiento no solo físico sino también mental, y eso dura mientras el microorganismo causal sigue activo, siendo casi siempre un parámetro de mejoría la subida en el estado de ánimo del paciente.

Pero ojo, el problema surge cuando la dolencia es crónica. Muchas veces he tenido pacientes con fibromialgia (una enfermedad de la que hablaré en extenso en otra entrega de esta columna), la cual cursa con crisis de mucho dolor, y que les afecta ostensiblemente en el ánimo, la concentración, el aprendizaje, la memoria y hasta la conducta. Cuando sucede esto, nuestra tendencia es de medicarlos fuertemente con ansiolíticos o antidepresivos, y enviarlos a psicoterapia. Muchas veces, solucionando el problema de dolor, aunque más no sea paliativamente y durante las crisis en el caso de la fibromialgia (que no tiene cura conocida aunque no sea letal), los trastornos de la psiquis mejoran y hasta desaparecen. Es notorio cómo, por ejemplo, mis pacientes con fibromialgia tratados con cannabis medicinal mejoran tanto su vida al controlar el dolor, que retoman trabajos que habían dejado, vuelven a practicar deportes que habían abandonado, y se reinsertan a su vida social que habían perdido.

Estudios hechos en Alemania sitúan a infecciones sufridas en el embarazo a un cierto desequilibrio entre dos tipos de células cerebrales en el feto: las neuronas y los astrocitos. Este desequilibrio causado por la inflamación crónica puede desencadenar en los hijos de estas madres, cuadros de esquizofrenia que, sorprendentemente, muchas veces mejoran con la administración simple de antiinflamatorios. Es un ejemplo de cómo una enfermedad del cuerpo influye en la mente. También las hormonas influyen decididamente en el comportamiento de la mente, no en balde hablamos hoy en día de un sistema psiconeuroinmunoendócrino (sí, así de largo, y sobre el cual también hablaré en otra semana en esta columna), donde las hormonas influyen en la mente, en la inmunidad y en la actividad cerebral, si bien de manera más lenta, sin embargo, de forma más prolongada y duradera. O sino, que lo digan muchas mujeres cuando se enfrentan mensualmente al TPM o Síndrome de Tensión Pre Menstrual, donde su mente sufre las variaciones hormonales cíclicas del mes, incluso llegando a cuadros depresivos, alimentarios y a trastornos del sueño que requieren intervención medicamentosa. Y si esto pasa en la menstruación, imagínense después del parto, donde después del nacimiento se produce una brusca caída de todo el nivel hormonal que estaba por los cielos con la gestación, provocando en un 50% a 70% de las mujeres lo que conocemos como síndrome de depresión posparto, es decir, una afectación de la mente mediada por variaciones en el cuerpo.

Pero sigamos con las hormonas. En la adolescencia las hormonas sexuales que entran en ebullición son las causantes de los cambios de conducta y rebeldía, la típica “edad del pavo”, donde las fluctuaciones del ánimo son la constante. Y es bueno tener en cuenta que no siempre son las sexuales las hormonas implicadas, porque no podemos olvidar a otra gran ignorada en los trastornos somatopsíquicos: las hormonas tiroideas. A menudo pido perfiles tiroideos a mis pacientes sin aparente causa, y nos llevamos juntos la sorpresa de que están alterados. Y es que la glándula tiroides, la que se halla en el cuello, controla a través de sus mediadores el metabolismo de todo el cuerpo. Todos reconocemos al hipertiroidismo cuando se presenta, pero cuando hay hipotiroidismo (lo sufre el 1% de la población) hay subidas de peso injustificadas, trastornos del ánimo, cansancio excesivo. Y es absolutamente tratable con medicación.

Cuando ciertas sustancias se alteran en el cuerpo producen agitación, palpitaciones, respiración agitada y sensación de opresión de pecho, lo cual se suele diagnosticar como ataques de pánico, y tratar como tales. Y no hablemos de la hipoglicemia, “cuando te baja el azúcar”, o sino, que me lo digan los que han experimentado una dieta: se tornan malhumorados, sin ganas, hasta en cierta forma agresivos por no comer.

Es la falta de glucosa que vuelve al cerebro alerta y en guardia para obtener los recursos: trastorno de la psiquis. Y por último y no menos importante: los trastornos de la psiquis pueden obedecer (y de hecho se detectan cada vez más) a un problema relacionado a intolerancia alimentaria, lo que hace que no se absorban nutrientes que repercuten en el funcionamiento cerebral: somnolencia, fatiga, falta de atención, cambios en el humor, trastornos del sueño. Una vez diagnosticados y corregidos, aleluya… la mente descansa y se vuelve normal en su funcionamiento.

En fin, no siempre es cuestión de sedantes, antidepresivos o ansiolíticos autoprescriptos o solicitados a su médico, o visitas al psicólogo buscando solución a algo casi “etéreo”. Muchas veces, las soluciones de la cabeza están en el cuerpo. Solo hay que saber leer sus señales. Y actuar en consecuencia.

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