- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
Fue una matanza brutal, nunca antes vista en un presidio en Paraguay. Sucedió el domingo 16 de junio en San Pedro y la noticia dio la vuelta al mundo.
Murieron diez reclusos, cinco fueron decapitados. No solo les arrancaron las cabezas, las patearon como si se tratara de un juego macabro.
El resto ya lo conocemos.
Las cárceles son como un mundo paralelo, donde quienes pagan por sus crímenes purgan sus penas, y lo hacen cada día. Es como una gran selva de cemento donde sobrevive el más fuerte… pero donde no falta nada si se tiene dinero.
La carnicería sucedió en San Pedro, pero dejó al descubierto que se coordinaba desde otras cárceles, revelando una red criminal con ramificaciones en todo el país. Pero ¿cómo lo hacen?, se supone que los reclusos no deberían estar comunicados, y que las armas las deberían tener los guardiacárceles y no los internos. Sí, lo mismo pensé yo. La corrupción convierte en realidad hasta las más insólitas fantasías.
Entonces se inició una serie de requisas en todas las penitenciarías siempre con los mismos resultados: teléfonos celulares, cuchillos, machetes, machetillos, cortaplumas, estoques, drogas, cuerdas, cerveza, caña, serruchos y martillos… hasta el punto que pensamos que ya nada podría sorprendernos.
Pero esta semana la incredulidad volvería a regalarnos un baño de realidad.
La requisa fue de sorpresa en seis cárceles del país tras el asesinato en la prisión de Ciudad del Este de Ángel Tranquilino Giménez, quien sería ex mano derecha del jefe narco Jarvis Chimenes Pavão.
Así, un contingente de policías especiales acompañados de un regimiento de funcionarios judiciales tomaban por unas horas la Penitenciaría Nacional de Tacumbú y las cárceles regionales de Ciudad del Este, Pedro Juan Caballero, Coronel Oviedo y San Pedro, además del Centro de Rehabilitación Social de Encarnación.
Se repetía la misma historia: teléfonos celulares, cuchillos, machetes, machetillos, cortaplumas, estoques, drogas, cuerdas, cerveza, caña, serruchos y martillos.
Pero para la página del asombro, este cateo nos regalaría más sorpresas esta vez.
Y es que es de no creer. En la celda de un recluso colombiano, preso en Tacumbú por tráfico de cocaína, los intervinientes encontraban un POS para cobro con tarjetas de crédito y débito, que se sospecha era utilizado para realizar transacciones nacionales e internacionales a través de tarjetas robadas o extraviadas… o ¡quién sabe que! Un delicado trabajo internacional Made in Tacumbú.
Pero no fue todo. En otra de las celdas se halló un router para acceso a Internet. Sí, un router, además de una computadora, baterías y chips. Toda una red tecnológica para garantizar estafas y extorsiones desde el lugar más seguro para un preso: La cárcel.
Más allá de la anécdota, estos cateos solo demuestran el fracaso del sistema penitenciario del cual los reclusos, tras cumplir sus penas, deberían salir para reinsertarse a la sociedad.
Pero no es así. Hoy las prisiones son centros de adiestramiento criminal donde grupos como el PCC o el Comando Vermelho agrandan sus estructuras criminales y operan con total impunidad amparados bajo el manto de la corrupción.
El hacinamiento y la falta de controles hacen el resto.
A nivel país, existen más de 15.000 reclusos y las cárceles solo tienen lugar para 8.000 personas.
Mientras no haya voluntad para cambiar el sistema, los cateos nos seguirán sorprendiendo cada vez con más frecuencia.
Mientras tanto seremos nosotros los que sigamos presos del sistema sin posibilidades de escapar de los barrotes de la corrupción que nos condenan al encierro.

