• Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista

¿Por qué las personas se matan? Muchas veces me hago la pregunta. Quizás sea un cúmulo de cosas que van haciendo presión poco a poco hasta que la mente, el corazón o la razón se quiebran, y entonces sucede lo impensable.

Mamá siempre decía que nunca sabemos las tormentas que lucha cada uno cada día.

Quizás no encontremos respuestas a esas extrañas coincidencias que van alimentando la nostalgia y la tristeza para perdernos en esos laberintos indescifrables de la emoción y la razón.

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Pero la depresión está ahí y mata. Es una enfermedad que crece en un mundo sumergido en el egoísmo y la indiferencia. Uno de los grandes males del siglo de la tecnología.

A nivel mundial, se estima que la población global que sufre de depresión gira en torno a unas trescientas cincuenta millones de personas. Sí, leíste bien, trescientas cincuenta millones de personas.

Y nosotros, en Paraguay, no estamos ajenos a esa terrible y silenciosa epidemia.

Nuestro país ocupa el cuarto lugar en toda América.

Los expertos hacen un llamado a estar atentos a las señales de alerta y señalan a la tristeza, la pérdida de intereses o placer, sentimientos de culpa o automarginación en cuanto a la importancia de la persona en la sociedad, alteraciones en el sueño o el apetito, sentimiento frecuente de cansancio y poca capacidad de concentración, como signos de alarma.

Pero el problema no termina allí. La Organización Panamericana de la Salud advierte que aunque la depresión es una enfermedad tratable, seis de cada diez personas que la padecen en América Latina y el Caribe no buscan o no reciben el tratamiento que necesitan.

Además de condicionar a la persona enferma, la depresión también afecta a su entorno familiar y comunitario y, en el peor de los casos, puede llevar al suicidio.

Un millón de personas mueren cada año en el mundo por causa del suicidio; en las Américas alcanzan alrededor de 63.000.

En nuestro país, la estadística es terrible, una persona por día toma la drástica determinación de acabar con su vida.

Pese a que en los últimos días fuimos sorprendidos por dos casos que conmovieron al país, hay detrás una larga cadena de dolor que no conocemos porque no llegan a los medios.

Tampoco es algo que no nos vaya a pasar. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, el 25% de las personas padece uno o más trastornos mentales o del comportamiento a lo largo de su vida. Puede estar pasándole ahora mismo a tu padre, a tu madre o a tus hijos.

Pero dejando de lado los prejuicios y las creencias populares, las enfermedades mentales tienen buen pronóstico si se tratan a tiempo y de manera apropiada como toda enfermedad.

Hace algún tiempo, la doctora Mirtha Mendoza aseguraba: “Si la vida fuese menos exigente y fuésemos más solidarios, sería más fácil superar estas enfermedades”.

Y creo que aquí está el secreto: la empatía. La comprensión de que la depresión es una enfermedad y debe ser tratada como tal… ese un buen comienzo.

El resto… es otra historia.

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