• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina

Al cierre de esta edición impresa, aún no se conocían los resultados electorales en la Argentina. Las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) –proceso electoral con el que se procura legitimar a las candidatas y candidatos que se postulan a posiciones que decidirá la voluntad popular– una vez más sirvieron de poco o casi nada.

En todo el país, solo se definieron por ese camino 38 internas. El resto de los cargos para todas las otras categorías –presidente, vicepresidente, senadores, diputados nacionales y seis gobernadores– se definieron a través de acuerdos de cúpulas excluyentes de los deseos de ciudadanas y ciudadanos que solo podrán expresarse para confirmar a quienes en instancia de precandidaturas fácticamente ya son las candidatas y candidatos que participarán de la disputa electoral. Absurda farsa que roza lo extravagante.

Según el secretario de Asuntos Políticos y Fortalecimiento Institucional del Ministerio del Interior, Adrián Pérez, el costo de las PASO demandó alrededor de 4.500 millones de pesos (unos 97,4 MMDD). En consecuencia, dirimir cada una de las 38 internas para cargos poco relevantes costó al fisco argentino 2,56 MMDD. Quizás por ello, no son pocas las argentinas y argentinos que opinan que, para un Estado que cerró el ejercicio 2018 con un déficit fiscal oscilante entre el 7 y el 8,5%, según quien mensure ese indicador, es necesaria una modificación de la Ley Electoral. Tal vez así suceda para las parlamentarias del 2021. ¿Será?

Pero, más allá de los costos, algunas novedades se produjeron. Las campañas de cada frente electoral fueron novedosas. Muy poco caudal publicitario se apoyó en piezas publicitarias de vía pública y, por el contrario mucho –muchísimo– se desarrolló en las redes. Casi ninguna plataforma tecnológica quedó afuera de las acciones de marketing político 2.0. ¿Fueron vectores adecuados? Posiblemente, se habrá de verificar en la etapa que hoy se inicia de cara a los comicios presidenciales que se desarrollarán el venidero 27 de octubre. Big Data es la expresión más escuchada en las últimas semanas. La otra es la marca Google. Todo lo nuevo para lo de siempre permite sospechar y, por qué no, verificar que no hay vieja ni nueva política. Es la discusión pública canalizada por otros medios. Así se dan las cosas en la Argentina.

En las dos fórmulas presidenciales que exhiben mayores posibilidades para triunfar –la que integran Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto, por el frente Juntos por el Cambio; y, Alberto Fernández y Cristina Fernández, por el Frente con Todos– se encuentran las dos figuras públicas que, según todas las encuestas, tienen el mayor índice de valoración social negativa, que se ubica en torno del 55%. Y, pese a ello, son candidatos. Quizás, esa sea la razón por la que ninguno de ellos –ni Mauricio ni Cristina– se someten a la voluntad de los electores y prefieren autodesignarse para solo legitimarse en las primarias abiertas. No es un dato menor. Como tampoco lo es que 57 mil presos, alojados en las cárceles, se encuentren habilitados para ejercer el voto. Algunos de ellos, ex funcionarios en los más altos niveles de responsabilidad política e institucional. ¿Hacia dónde va esta sociedad?

Pero más allá de las especulaciones, la primera verdad electoral –el resultado de las PASO, que conocerá avanzada la madrugada de este lunes– no será más que un trámite inútil, de alto costo, para que el venidero domingo 27 de octubre esta sociedad decida que la gobiernen aquellos en los que menos cree. ¡My God!