EL PODER DE LA CONCIENCIA

La prolongada sequía había hecho que el hombre lo perdiera todo. Pese a sus esfuerzos, ni una semilla de sus sembradíos había germinado. Además, la sed se había encargado de acabar con todos sus animales y del pequeño arroyito cristalino que antaño cruzaba por su propiedad no quedaba ni el barro.

Así, sumido en la más profunda desesperanza, recordó cómo cada uno de sus vecinos se vio obligado a emigrar con sus familias en busca de nuevas oportunidades, en vista de que por alguna razón toda esa región había sido condenada a perecer por falta de lluvia. Y el problema no era el cambio climático –como hoy– puesto que esta historia se remonta a finales del Siglo XIX, en la lejana España.

Sin nada que perder, decidió caminar unas leguas hasta la ciudad para tentar suerte. Y así lo hizo. Pero al cabo de unos días, su estómago seguía tanto o más vacío que antes.

Decepcionado por su destino, se sentó a la sombra de un edificio mientras veía cómo por las calles circulaban los carruajes y los nuevos vehículos a combustión. Le hizo gracia que un caballero, en su intento por no ser atropellado por uno de esos ruidosos artefactos del demonio, pisara una bosta y ensuciara su reluciente y elegante calzado.

Ese detalle hizo que despertara su imaginación y sin perder el tiempo corrió a las caballerizas para iniciar su nueva industria y salir de la pobreza.

Con cuidado comenzó a seleccionar los excrementos más secos y con una presteza envidiable y sin que nadie lo viera, con una piedra los machacaba hasta convertirlos en polvo. Cuando tuvo buena cantidad del “producto” buscó las hilachas de las cuerdas con las que ataban a los caballos y con las hojas de un viejo periódico armó cientos de paquetitos, que colocó sobre una tabla para venderlos.

Y así comenzó a recorrer las calles al grito de “¡Polvitos para la inteligencia!... ¡No se quede sin sus polvitos para la inteligencia, que se acaban!”. Como por arte de magia, la gente, curiosa, escuchaba las instrucciones de tan maravilloso artículo. Solo debía diluir el polvito en un vaso de agua y tras beberlo instantáneamente sería más inteligente.

Tardó menos de una hora en vender todos los envoltorios, así que con los bolsillos llenos corrió de nuevo a su “fábrica” a machacar más boñiga de caballos y renovar el stock de la tan solicitada mercadería.

Al día siguiente continuó con su oferta y sin entender cómo, los clientes se sumaban, ya que la publicidad –en aquella época de boca en boca– corría como reguero de pólvora y todos querían probar los famosos polvitos para la inteligencia, que todos aseguraban ¡eran prodigiosos!

Pero como no todos los interesados eran tan cándidos, en medio de las ventas a nuestro exitoso empresario se le acercó un hombretón de casi dos metros que también estaba interesado en recibir los beneficios de esos extraños polvitos.

El desconocido sacó de sus bolsillos unas monedas y pagó por un envoltorio, pero como era bastante incrédulo, dijo que probaría los resultados en ese mismo momento y a continuación le advirtió al novel emprendedor de que si descubría que eso era un engaño la pasaría muy mal.

Como indicaban las instrucciones, descargó el polvito en un vaso de agua, lo revolvió y rápidamente se tragó todo el brebaje esperando los efectos inmediatos.

La cara del cliente se transformó de incredulidad a furia en pocos segundos y con voz amenazante expresó:

-¡Oiga, pero esto es mierda!-

Con toda calma, el audaz vendedor contestó:

-¿Ve cómo funciona? ¡Ya es usted más inteligente!- y sin pedir permiso salió corriendo a toda prisa, con toda la velocidad que su delgado cuerpo le permitía.

Esta simple historia me la contó doña Eva hace varias décadas y cobra vigencia en esta época inundada de tecnología.

En la actualidad, con dolor, el ciudadano común descubre la verdad tras cada sorbo de mierda que le dan de beber sus autoridades. Si no es el pacto secreto de Itaipú, es la ineficiente gestión de obras públicas o el colapso del sistema de salud o los miles de niños condenados a la ignorancia por incapacidad del Ministerio de Educación o la corrupción de los funcionarios o la voracidad de los partidos políticos…

Demasiados polvitos para la inteligencia hemos bebido los ciudadanos. Es hora de que las autoridades preparen brebajes de honestidad y vergüenza y se los beban. En sobredosis.