• Por Augusto dos Santos
  • Director Periodístico
  • Grupo Nación

Costó trabajo entender qué se festejaba ayer en la explanada del Palacio de López, principalmente si se tiene en cuenta que lo que estaba en discusión era nada menos que un punto clave de las grandes aspiraciones como país: la defensa de sus intereses nacionales ante una nación extranjera de cuya debacle nos salvamos por un pelo.

Si festejaban la continuidad en el poder era casi una banalidad en relación a lo que es realmente importante, que el poder sirva para servir y que el servicio defienda los intereses de la República y su soberano, el pueblo.

El discurso de Marito estuvo adornado de citas de enciclopedias de discurso político, pero no se bajó nunca de la soberbia que lo llevó a tener un año terriblemente complicado. No se animó a pronunciar la frase “Partido Colorado” durante toda su alocución, eludiendo una vez más el reconocimiento a este sector que lo sostuvo –una vez más– en el poder.

Estuvo carente de autocrítica. Faltó que pronunciara esa expresión clave: reconozco que hubo un error y pido perdón. Hubiera sido de estadista.

El Presidente tiene frente a sí dos caminos y puede escoger cualquiera de ellos: el mismo camino tortuoso y lleno de accidentes que recorrió este primer año o un camino nuevo que se anime a transitar como estadista.

Para no repetir este camino de crisis del primer año, debe apartar de su entorno a la caterva de camanduleros, mediáticos metidos a políticos y cazadores de influencia que tan maltrecho le hicieron concluir este primer ciclo.

Todos ganaremos con un Presidente que lidere por sobre la baratija del chisme y la intriga. Por de pronto no hay otra cosa que festejar mas que el hecho de habernos salvado de carambola de un trágico mal negocio con Brasil.

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