Por Augusto dos Santos
Analista
@Augusto2s
Los países no son meteoritos que vagan por el universo en una trayectoria signada por la física astronómica. Los países tienen una misión, una razón de ser.
No se trata de caer en la exageración fundamentalista de aquel “destino manifiesto” que inventaron los norteamericanos para invadir naciones en el siglo XIX (para lo que tampoco nos daría el cuero), sino sencillamente el “ser alguien”, el “jugar a algo” en este juego del concierto de las naciones.
La mejor idea en este orden es empezar por el sitio donde uno pertenece, el que queremos ser de cara a los ciudadanos de un país. Aquí es donde siempre desaprovechamos las etapas electorales para debatir modelos, ya que terminamos debatiendo personas y, peor aún, invertimos siempre la primera etapa de los gobiernos (etapa en la que los mandatarios conservan aún cierto liderazgo) en otras cosas que no es el diseño de un plan país, una agenda país, un proyecto nacional o como se quiera llamar a aquello que sea fruto de un consenso de los actores políticos, económicos, sociales, etc.
Argentina no necesita explicarnos que por toda la historia ha querido ser (al menos en sus sectores decisores) un país con un piso de buen vivir que fuera (depende de qué época sea) una tibia o ardiente réplica europea.
Brasil sabemos –desde siempre– que es el hermano grande de América, que es dueño del balón y en la medida en que pueda ser el más grande y poderoso en términos diplomáticos, económicos y militares, estará satisfecho.
Nadie puede dudar que Chile quiere transmitir un mensaje de país basado en la formalidad, lo cual hace que sus relaciones económicas sean claras, su política sea previsible, tanto que es el país con el mejor juego de alternancia hasta hoy luego de soportar la más horrible dictadura hace solo décadas.
Nosotros nos vanagloriamos de tener dos represas gigantescas, de las más grandes del mundo, pero no supimos hasta hoy construir con base en ellas un discurso de poder en relación a nuestros vecinos; por el contrario, el discurso es de sumisión. Fíjense qué curioso, Bolivia supo construir un discurso de poder con algo que no tiene (mar) y supo apretar a sus vecinos ante tribunales internacionales mientras nosotros –reiteramos– no supimos construirlo con lo que Sí Tenemos.
Lo que ha sucedido con las industrias maquiladoras en el último mes es una radiografía rotunda de nuestro ser “meteorito” y país no pensante. Somos capaces de quedarnos detenidos en el bolicheo de preferir o no los autos “chileré” (demostrando la altura de nuestro juego), mientras los vecinos estaban ya condenando a un floreciente sector industrial a la quiebra. Lo que vino después es claro ejemplo de un país que no juega a nada: primero la negación, después la aceptación y finalmente la estampida y el pedido de socorro.
¿Tenemos alguna idea de cuánto nos hacen perder en músculos para negociar estos episodios? ¿Tenemos alguna idea de lo que “bobear” con Brasil significa en términos de seguir jugando al truco con este gigante?
Durante la gestión anterior hubo algún plan de convertir al Paraguay en un núcleo competitivo que aproveche sus ventajas comparativas para ser una cifra ante el mundo. ¿Nos costaría mucho seguir ese plan? ¿Le venden a Marito que es humillante seguir un plan que funcionó en el gobierno anterior? Algo debe estar ocurriendo.
Sin embargo –en contrapartida–, tenemos que la Universidad Taiwán-Paraguay ya empezó a funcionar y ya hay profesionales paraguayos capacitándose en alta tecnología con instructores de tal país. Tenemos que están a un tris de regresar los primeros becarios de Becal que asistieron a niveles de excelencia en las mejores universidades del mundo y empezarán a cambiar lógicas en el abordaje de temas y en la cátedra. Teníamos una industria maquiladora floreciente que esperemos –aparte de la aventura de gastar un vagón de guita al santo botón en este último mes– siga creciendo.
En resumen, Paraguay debe seguir buscando ser un sitio de excelencia con capacidades para negociar sus ventajas comparativas y “vender cara” su posición geoestratégica. Esta también es la razón por la que los gobiernos ya no pueden renegar de los tecnócratas. Otro error de este proceso. La política piensa el futuro, los técnicos lo ejecutan.
En resumen, tenemos que querer ser algo importante como país y eso tiene que tener un nombre, un plan, una consigna y un consenso para poder lograrlo. Los países tienen una misión, una razón de ser.
No se trata de caer en la exageración fundamentalista de aquel “destino manifiesto” que inventaron los norteamericanos para invadir naciones en el siglo XIX (para lo que tampoco nos daría el cuero), sino sencillamente el “ser alguien”, el “jugar a algo” en este juego del concierto de las naciones.
La mejor idea en este orden es empezar por el sitio donde uno pertenece, el que queremos ser de cara a los ciudadanos de un país. Aquí es donde siempre desaprovechamos las etapas electorales para debatir modelos, ya que terminamos debatiendo personas y, peor aún, invertimos siempre la primera etapa de los gobiernos (etapa en la que los mandatarios conservan aún cierto liderazgo) en otras cosas que no es el diseño de un plan país, una agenda país, un proyecto nacional o como se quiera llamar a aquello que sea fruto de un consenso de los actores políticos, económicos, sociales, etc.
Argentina no necesita explicarnos que por toda la historia ha querido ser (al menos en sus sectores decisores) un país con un piso de buen vivir que fuera (depende de qué época sea) una tibia o ardiente réplica europea.
Brasil sabemos –desde siempre– que es el hermano grande de América, que es dueño del balón y en la medida en que pueda ser el más grande y poderoso en términos diplomáticos, económicos y militares, estará satisfecho.
Nadie puede dudar que Chile quiere transmitir un mensaje de país basado en la formalidad, lo cual hace que sus relaciones económicas sean claras, su política sea previsible, tanto que es el país con el mejor juego de alternancia hasta hoy luego de soportar la más horrible dictadura hace solo décadas.
Nosotros nos vanagloriamos de tener dos represas gigantescas, de las más grandes del mundo, pero no supimos hasta hoy construir con base en ellas un discurso de poder en relación a nuestros vecinos; por el contrario, el discurso es de sumisión. Fíjense qué curioso, Bolivia supo construir un discurso de poder con algo que no tiene (mar) y supo apretar a sus vecinos ante tribunales internacionales mientras nosotros –reiteramos– no supimos construirlo con lo que Sí Tenemos.
Lo que ha sucedido con las industrias maquiladoras en el último mes es una radiografía rotunda de nuestro ser “meteorito” y país no pensante. Somos capaces de quedarnos detenidos en el bolicheo de preferir o no los autos “chileré” (demostrando la altura de nuestro juego), mientras los vecinos estaban ya condenando a un floreciente sector industrial a la quiebra. Lo que vino después es claro ejemplo de un país que no juega a nada: primero la negación, después la aceptación y finalmente la estampida y el pedido de socorro.
¿Tenemos alguna idea de cuánto nos hacen perder en músculos para negociar estos episodios? ¿Tenemos alguna idea de lo que “bobear” con Brasil significa en términos de seguir jugando al truco con este gigante?
Durante la gestión anterior hubo algún plan de convertir al Paraguay en un núcleo competitivo que aproveche sus ventajas comparativas para ser una cifra ante el mundo. ¿Nos costaría mucho seguir ese plan? ¿Le venden a Marito que es humillante seguir un plan que funcionó en el gobierno anterior? Algo debe estar ocurriendo.
Sin embargo –en contrapartida–, tenemos que la Universidad Taiwán-Paraguay ya empezó a funcionar y ya hay profesionales paraguayos capacitándose en alta tecnología con instructores de tal país. Tenemos que están a un tris de regresar los primeros becarios de Becal que asistieron a niveles de excelencia en las mejores universidades del mundo y empezarán a cambiar lógicas en el abordaje de temas y en la cátedra. Teníamos una industria maquiladora floreciente que esperemos –aparte de la aventura de gastar un vagón de guita al santo botón en este último mes– siga creciendo.
En resumen, Paraguay debe seguir buscando ser un sitio de excelencia con capacidades para negociar sus ventajas comparativas y “vender cara” su posición geoestratégica. Esta también es la razón por la que los gobiernos ya no pueden renegar de los tecnócratas. Otro error de este proceso. La política piensa el futuro, los técnicos lo ejecutan.
En resumen, tenemos que querer ser algo importante como país y eso tiene que tener un nombre, un plan, una consigna y un consenso para poder lograrlo.

