Durante la noche del 13 al 14 de julio, que es, yo creo, la noche de las noches, la Natividad, la más terrible noche de Navidad, el acontecimiento, la chusma, como suele decirse, los más pobres, aquellos a los que la historia dejó hasta ese momento pudrirse en el arroyo, armados con fusiles, espetones, picas, hacen que les abran las puertas de las casas y que les sirvan comida y bebida. En lo sucesivo, la caridad no bastará”.

La historia que nos suelen contar los manuales de historia es rica en fechas, cifras y nombres grandes. Sabemos lo que pasó, cuándo y hasta el porqué. Pero pocas veces tenemos el placer de que alguien nos haga vivirla. Es lo que hace Éric Vuillard con el 14 de julio de 1789, una de las fechas más importantes de la historia. De cuando la burguesía y el pueblo llano tomaron las calles, esa emblemática Bastilla, esa prisión semivacía que nunca antes había comprendido por qué era tan importante “liberar”.

Nos lleva a las 24 horas antes y a las de ese glorioso 14 de julio, y no necesita explicarnos nada: simplemente nos relata lo que hacían, decían y sentían aquellas personas simples, muchas de las cuales pasarían a los libros de historia y miles de otras que se quedaron en la anécdota. La Revolución Francesa, ese corte brutal con el pasado y apertura a un mundo nuevo. Como esos “don nadie” que con una frágil tabla de madera hacen un puente para literalmente “tomar” La Bastilla porque incluso ese día el simbolismo era mucho más importante que nada: ese pedazo de madera, que, cual atrevidos funambulistas cruzan, como narra Vuillard, era un puente entre el antiguo régimen y el futuro, un futuro totalmente incierto; pero diferente: “un tablón sobre el vacío”.

A veces es importante reflexionar sobre las cosas que damos por hechas. Recordar a esa masa hambrienta y enfebrecida que decidió poner en práctica eso de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, y grabarlo a fuego en la mente de los que gobiernan. Que todos los hombres son iguales. Porque lo olvidamos, o lo relativizamos, con demasiada facilidad. Nos dejamos arropar por el relativismo moral, por el pragmatismo y negociamos con conceptos que son la base de nuestro derecho a vivir en libertad: Democracia, República, derechos del ciudadano. Y eso, señores, es escupir sobre las tumbas del 14 de julio, “la Navidad de la Democracia”, y de todos los 14 de julio que vinieron gracias a ese. No se lo tomen literalmente, por favor, que no estamos en 1789, y no estoy yo por el vandalismo; pero la fórmula de Vuillard para vencer esa apatía es recordar desde la emoción que llevó a esa masa a cambiar un mundo viejo y añoso por uno nuevo:

Deberíamos abrir más a menudo las ventanas. De cuando en cuando, así como así, de improviso, mandarlo todo a hacer puñetas. Sería un alivio. Deberíamos, cuando se nos encoge el corazón, cuando el orden nos envenena, cuando el desasosiego nos asfixia, forzar las puertas de nuestros Elíseos irrisorios, donde los últimos vínculos terminan de pudrirse, y birlar las carteras, camelar a los alguaciles, morder las patas de las sillas y buscar por la noche, bajo las corazas, la luz como un recuerdo”.