Me había propuesto no volver a escribir sobre las peripecias que pasa el asegurado del IPS cuando acude a la previsional en busca de una ayuda porque la “aventura” se reduce solo a una entretenida lectura y no a un toque de atención que pudiera derivar en un cambio positivo. Pero esa intención se truncó el miércoles de madrugada cuando el gesto invisible de una ancianita me obligó a desafiar una vez más el teclado. La historia comienza así.

El reloj marcaba más de la una de la mañana cuando un asegurado, al que llamaremos “X” me pidió que lo llevase al Hospital Central porque su dolor de espaldas ya era insoportable.

Como no tiene vehículo, dos semanas antes lo había trasladado a la clínica periférica “12 de Junio” con un posible cuadro de piedras en los riñones, sin embargo los análisis demostraron que no era ese el problema, sino posiblemente alguna afección en la columna vertebral, por lo que el médico recomendó ir a la central para que a X le practicaran una resonancia.

El miércoles llegamos a eso de las 2:00 a Urgencias de Traumatología. Como no había muchos pacientes, el facultativo de guardia nos atendió rápidamente, pero al explicarle la situación nos respondió que él no podía expedir una orden para hacer la resonancia y que para eso debíamos pasar por “consultorio”, que era en planta baja, al terminar el pasillo subiendo las escaleras… al fondo a la derecha.

Tras algunas consultas llegamos a una ventanilla en la que un funcionario nos indicó que no había turnos. Sí. A pesar de ser las dos de la mañana, de estar con un dolor insoportable, de recorrer media ciudad para llegar para hacer usufructo del seguro por el cual religiosamente descuentan el monto cada mes… la respuesta era “no”.

Su amable recomendación fue que formáramos fila en una de las tres ventanillas de números recuperados y que si teníamos suerte, “tal vez”, podríamos consultar con un médico esa mañana. ¿Números recuperados? ¿Qué era eso? ¿Por qué hay que formar fila para ver si nos pueden o no atender? En cualquier hospital cuando un paciente acude se espera que un profesional de la medicina ejerza su conocimiento para curar al enfermo y no que este entre en una especie de sorteo en el que si tiene suerte será atendido.

Para empeorar la situación, cuando íbamos a retirarnos luego de la “amable” atención del funcionario que no dejaba de observar la pantalla de la computadora como si hiciera esfuerzos extremos por encontrar una solución al problema, nos fijamos en una fotocopia pegada al vidrio en la que ponía: “Traumatología especialidades. Solo se agenda con derivación por escrito a partir de las 6:00 horas” y al final se podía leer “Para la especialidad de columna se agendará vía call center, estará habilitado a partir del jueves 25/07/2019”. ¡Para eso faltaban 15 días!

Fotocopia pegada al vidrio en una de las ventanillas.
Fotocopia pegada al vidrio en una de las ventanillas.

El amable funcionario “muy preocupado” en buscar una solución en la computadora no nos dijo que debíamos tener una “derivación” por escrito para ser atendidos. ¿Por qué no lo hizo? Tal vez él cumple su horario, pero no aporta en que los asegurados consigan lo que necesitan para aliviar su dolor. Por el contrario, funge de “buen tipo”, pero pone trabas en todo lo que puede.

Es increíble cómo en un hospital que gasta miles de millones de guaraníes los asegurados ni siquiera reciben una adecuada orientación. No hay empatía por parte de los funcionarios, que “solo cumplen” y hasta olvidan que quienes les pagan su sueldo son los asegurados, sus patrones, con los que juegan con indolencia.

Pero no nos adelantemos. Ante este escenario, con X tuvimos que regresar a Urgencias de Traumatología para pedir la dichosa derivación escrita, necesaria para el agendamiento… si teníamos “la suerte” de conseguir un número recuperado. Si fuera una novela de conspiración podría llamarse: “Cómo hacer para no atender al paciente” o tal vez sería un best seller si la nombráramos “No es urgente, no se preocupe, muera tranquilo”. Pero no, es la realidad más cruda y vergonzosa.

Cuando le reclamamos al médico por qué no había mencionado la necesidad de la derivación escrita, el galeno filosóficamente respondió que “él estaba atado de manos, que el problema era el sistema”. ¿Qué sistema, si el sistema lo hacen ellos mismos?

A esas alturas, luego de marchas y contramarchas por los pasillos, de infructuosas consultas con personajes que eran “víctimas del sistema” y de consejos de personal que no servían para nada, X estaba a punto de desfallecer de dolor. Pidió misericordia y como respuesta le clavaron un analgésico en las nalgas. De mala gana. Parado. Ni siquiera lo recostaron en una camilla.

Con la esperanza del papelito sellado en las manos subimos una vez más las escaleras para formar fila en una de las tres ventanillas de los números recuperados.

Allí nos percatamos de que el modus operandi de los pacientes era colocar un objeto que señalara su puesto en la fila mientras iban a sentarse. Nosotros también colocamos un cartón. Eran las 2:45 horas y los números serían entregados a las 6:00.

Nos sentamos en un duro banco de madera delante de un monitor que no dejaba de repetir las colosales inversiones que realizaba el IPS. Que tantos miles de millones en Ingavi, que otros miles de millones en el arreglo de la clínica en Ciudad del Este, que otros miles de millones en la puesta del geriátrico en San Bernardino, que otras cifras siderales en columnas y alumbrado… pero no había un especialista en columna para los pacientes.

Mientras, como las hormigas, los pacientes iban dejando en esas filas fantasmas botellas de agua, carpetas, carteras, sacos, termos, kepis, un rollo de cable, un frasco de crema de manos y hasta un pequeño desodorante roll on.

Y esa fue la gota que colmó el vaso.

Todo tipo de objetos eran colocados como silenciosos guardianes de lugar.
Todo tipo de objetos eran colocados como silenciosos guardianes de lugar.

“Embelesados” por las maravillas que exponía el monitor, o mejor dicho, a estas alturas ya hipnotizados por las repeticiones de las fastuosas inversiones de la previsional, nadie le hacía caso a quien dejaba qué en las filas.

Sin embargo, fue apenas un segundo, un hálito invisible casi, el movimiento de una mujer anciana que se levantó de su silla sin que nadie lo notara y con el pie empujó el desodorante unos centímetros hacia delante, como si con ese gesto consiguiera acelerar los acontecimientos.

Con esfuerzo regresó a su asiento cuando el reloj marcaba las 4:27.

Dicen que el jefe o encargado o director de esta sección gana G. 16.250.242 al mes, en promedio cuatro veces más que los periodistas que conozco. Pero este hombre es “doctor en medicina y cirugía”, con 32,36 años de antigüedad. Su sueldo básico es de G. 12.880.000 más G.1.077.409 por antigüedad, G. 100.000 por bonificación académica y G. 3.800.000 por bonificación de responsabilidad. ¿Qué responsabilidad?

A estas horas, mientras él duerme en una cómoda cama, la que le paga su salario apenas puede levantarse de la silla y darle un empujoncito a la esperanza que tiene forma de desodorante porque para que sean las 6:00 aún falta bastante.

Este “responsable” tampoco sabe de las idas y venidas por los pasillos, con funcionarios que juegan al freno de mano en vez de agilizar las soluciones de personas que sufren.

Me había propuesto no volver a escribir sobre esto, pero la mirada de esa ancianita me obligó. ¿Cuántos pacientes en todo el hospital empujan inútilmente su desodorante en una fila de objetos mientras los funcionarios se muestran falsamente preocupados? No quiero continuar relatando, pero recuerdo que a las 5:32, cuando las personas comenzaron a levantar sus objetos y pararse en la fila, todos los enfermos corrieron para ocupar su lugar para no perderlo, como animales en rodeo, apretujándose, con miedo y sin saber qué hacer.

Un poco más allá, al fondo, otras filas se forman y también las personas parecen ganado en brete. Esos son los que quieren ser agendados, que se empujan y disputan un sitio mientras los funcionarios que vienen llegando entran en la oficina de vidrios altos y aire acondicionado y hacen bromas y se dan los buenos días.

En ese momento no sé quién es persona y quién animal, o quién es el jefe y quién el empleado, quién debe servir a quién. Todo está dado vuelta.

Los funcionarios cómodamente sentados y los pacientes adoloridos formando filas tras horas de espera. Unos sonrientes y fresquitos y los otros trasnochados a punto de reventar.

Para colmo de males, el sistema informático falla, y a las 6:08 deciden dar “números” en forma manual para ver hasta quién alcanzan los “recuperados”.

A las 6:47 cada uno tiene su número. Los más bajos tendrán alguna posibilidad, el resto a causa del sistema que “ata las manos” habrán esperado en vano y deberán regresar a casa sin ser atendidos.

Es el momento de “aliviar” la vejiga. Preguntamos con X dónde hay un baño y nos indican que al fondo. Vamos y está llaveado. Preguntamos dónde hay otro: escaleras abajo. También está con llave, al igual que un tercero. Al final encontramos uno habilitado, pero está ocupado. Hasta eso.

Son casi las 7:00. ¿Por qué los baños están llaveados? Nos quejamos en voz alta y una mujer en tono prepotente responde que las quejas en Administración se hacen en el primer piso. Más papista que el Papa.

Si el responsable de un área percibe más de G. 16 millones, ni me imagino cuánto cobraría el que tiene mayor responsabilidad y que también duerme en una cómoda cama mientras el ganado se junta de madrugada para formar fila.

Tal vez ellos ya no son capaces de ver el esfuerzo de una viejita para mover unos centímetros un vacío frasco de desodorante. Tal vez no entienden que en ese gesto hay esperanza perdida, un grito silencioso de socorro y funcionarios que olvidaron que ella y muchos como ella son los que pagan su cómoda cama y su sueño tranquilo. Claro, con esa plata segura en los bolsillos cada mes cualquiera duerme en paz y ya no se siente el dolor que le rodea.