• Por Carlos Mariano Nin

Muchos van a recordar cuando de chicos veíamos al agente 007 hablar por medio de su zapato o su reloj. Lo veíamos como un futuro tan apasionante como inalcanzable. Entonces el futuro estaba lejos.

Pero sucedió.

El paso fue tan rápido que no nos dimos cuenta cuando el teléfono a disco, con el candadito para que no se use, fue desplazado por un aparato mucho más pequeño, pero no tanto, que se podía llevar a todos lados y se bloqueaba con una sola tecla. Así nacía la era del celular.

A partir de allí todo se precipitó. Todo se limitó a un clic.

Los teléfonos se achicaron y pronto tuvimos con ellos el mundo en las manos. Lo imposible dejó de serlo, las distancias se acortaron y la globalización nos convirtió en ciudadanos del mundo. Un mundo que cambia más rápido de lo que muchos quisiéramos… y que no se detiene.

En ese proceso, las tarjetas de crédito y débito reemplazaron al dinero y los supermercados fueron desplazando a las despensas que no se actualizaron.

Los diarios impresos en papel evolucionaron hacia lo digital, pero no desaparecieron, solo se adaptaron a un nuevo escenario.

Las cámaras fotográficas dejaron de ser necesarias en las familias y en un abrir y cerrar de ojos todos nos convertimos en fotógrafos. Entonces surgieron las tiendas virtuales que nos permitían ver lo que hay en las vidrieras sin salir de casa y hacer las compras sin movernos. Todo a través del teléfono. Y las tiendas siguieron funcionando.

Desde la pantalla grande las películas saltaron a las pequeñas, pero el cine y la televisión siguieron ahí.

Muchos lectores dejaron de comprar libros cuando la magia de la lectura se trasladó a los celulares, pero no desaparecieron las librerías, solo se adaptaron al cambio.

Los procesos en algunos casos fueron más lentos que en otros, aún así en todos coincidía algo: era inevitable.

Así fue que nacieron, entre otras millones de posibilidades, las plataformas urbanas de transporte que, a través de su software de aplicación móvil (app), conectan a los pasajeros con los conductores de vehículos registrados en el proveedor, ofrecen un servicio de movilidad a particulares.

Todo con un simple celular.

Así muchas personas vieron una posibilidad de ganarse un extra sin horarios ni trámites demasiado burocráticos impuestos por una gigantesca red de políticos y empresarios que monopolizan un servicio deficiente y caro que muchos toman con temor ante la falta de otras opciones.

Pero nada puede detener al futuro. Sucedió con grandes corporaciones que tuvieron que adaptarse o resignarse a desaparecer. Un futuro que no lo va a parar una marea amarilla ni las amenazas de sus dirigentes.

No es culpa de los desempleados, no es culpa de la prensa, no es culpa de la tecnología, simplemente es un proceso que avanza y se afianza porque a la sociedad le sirve.

Es inevitable. Hay una nueva opción y la decisión es personal.

Al final… vos elegís cómo viajar y este viaje ya no se detiene.