• Por Augusto Dos Santos
  • Analista.

Carolina Llanes es candidata a miembro de la Corte y nadie duda de que quien llega a tal posición habrá acumulado méritos o políticos o académicos o laborales, casi nunca los tres al mismo tiempo.

Es normal además que sectores políticos y medios de comunicación se posicionen con relación a los candidatos y le atribuyan bondades y defectos porque al final de toda la historia –no seamos hipócritas– la decisión de elegir a uno u otro vendrá de una rara combinación político-mediática y si eso no te gusta podés vivir en Dinamarca o votar por otras autoridades en las próximas elecciones.

Los asesores de Llanes –que deben ser los mismos que del Gobierno– le han dictado un discurso: que repita constantemente que su enemigo es el cartismo. Le dicen que eso tiene buena renta con sectores decisores en su elección y que –de paso– eso le encanta a Marito, nuestro presidente.

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Pero Llanes se olvida de un asunto clave: ella va a ser –si lo es finalmente– miembro de una organización que aun en los Estados fallidos tiene que parecer –si no lo es– medianamente independiente, ecuánime y distante de los enjuagues políticos. Ese código está atropellando permanentemente cuando actúa más como anticartista ardorosa que como candidata a integrar la Corte.

Al pelear su postulación parada discursivamente en el escenario partidario oficialista y no desde la actitud de defender sus méritos y su probidad, terminará convirtiéndose –si lo logra– en la ministra de la Corte del anticartismo, lo cual puede entusiasmar a la dirigencia que vive inmersa en el pantano del canibalismo político, pero es un contrasentido para los que creen que un ministro de la Corte debe ser independiente.

Ella debe ser y actuar como candidata a miembro de la Corte, aun con las críticas de los que no están de acuerdo con su postulación. Ella no debería ser una Friedmann con polleras.

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