“Cantamos como si nuestras vidas dependiesen de ello, como si nuestra propia libertad, nuestras pasiones y nuestro valor hubieran sido llamados a ser testigos de las atrocidades que sucedían ante nuestros ojos. Estábamos unidas y fuertes y supe, allí y entonces, que nada, nada podría romper el espíritu del Coro de Damas de Chilbury”.

Después de descuidarlo un buen tiempo, vuelvo a uno de mis subgéneros preferidos: la novela histórica, especialmente la que narra sucesos de la Segunda Guerra Mundial. La de Jennifer Ryan, nos lleva a uno de los capítulos más heroicos de esa contienda; el de una Inglaterra asediada por las bombas de la Luftwaffe, que resiste a través del “Home Front”, el “Ejército de Tierra”, formado mayormente por mujeres que se pusieron al hombro la responsabilidad de seguir adelante, desde cuidar magras granjas, a administrar hasta el último aspecto de sus comunidades, para que, al estilo inglés, todo siguiera funcionando.

El pueblito de Chilbury, en Kent, no es la excepción. En la primavera de 1940, los hombres se han ido a la guerra, y, al vicario local, no se le ocurre mejor idea que, a falta de voces masculinas que completen los acordes, cerrar el coro local. Pero no le va a ser tan fácil, ya que la testarudez de Prim, la directora del coro, es el canal que encuentran las demás mujeres del pueblo para revivir como un nuevo coro exclusivamente femenino. Como no podía ser de otra forma, la novela está relatada en forma “coral”, no solo por diferentes narradores, sino en diferentes formatos- narración en primera y tercera persona, cartas, diarios- lo cual la hace aún más encantadora. Las cartas de la intrigante Edwina Paltry a su hermana, son su recuento de un plan macabro en el que se ve envuelta con el mandamás local, el tiránico Brigadier Winthrop.

Los diarios de su hija, Kitty Winthrop, una niña de 12 años desesperada por crecer, perdidamente enamorada de uno de los miles admiradores de su bellísima hermana mayor Venetia, son la versión más cándida y graciosa de la historia del ascenso de un pequeño coro de provincias, y de cómo ello inspira a un pueblo entero a resistir, forja amistades y alianzas inesperadas. Por su parte, las cartas de la propia Venetia a su amiga, son la narración de su apasionado romance con un atractivo pintor, mucho mayor que ella y demasiado misterioso… ¿quizás un espía? Y aun así, ¿de qué bando?

Y los diarios de la buena de la Señora Tilling, con un hijo en el frente y un militar apostado en su casa, son el perfecto complemento para todas esas voces. Una mujer sensata pero sensible, a quien no se le escapa un detalle, pero que sabe utilizar esa información para que al final, todo “sea como es debido”. Incluyendo un oportuno romance otoñal. Este personaje, debo confesar, es mi favorito, una combinación perfecta y de mediana edad entre las hermanas Dashwood, de Jane Austen con una pizca de la Miss Marple de Agatha Christie. Pero, como buena novela de este período, la única estrella es el coro.