La tecnología, en general, y la aplicación WhatsApp, en particular, cambiaron para siempre la manera en que los seres humanos se comunicaban, ya sea a distancias cortas o separados por fronteras internacionales. Como hoy día todos poseen al menos un smartphone, el uso de esta app es tan cotidiano que no es exageración pensar que dentro de un hogar una madre reciba un “Mamáááá, decíle a fulano que baje el volumen de la tele, que no puedo estudiar”, en vez de pedir “socorro” a los gritos como era habitual en décadas pasadas.

En poco tiempo el hecho de teclear se impuso a la costumbre de antaño de emitir sonidos orales. Pero no solo el cómo, sino el qué ha variado, puesto que las palabras también han evolucionado hasta el punto de que en los últimos 100 años la Real Academia Española (RAE) dio de baja a nada menos que casi 2.800 vocablos. Según explican, por falta de uso.

Si WhatsApp hubiera nacido 50 años antes, tal vez los mensajes que los padres hubieran recibido mañana en su día serían muy diferentes. Por ejemplo: “Querido padre: Desde la distancia los chicuelos te envían todo su amor. Candorosamente me han pedido ir a verte, pero ¡caracoles!, eso nos resulta imposible. Quisiera montar en un pegaso y volar los kilómetros que nos separan para estar todos juntos”.

Las palabras en negrita ya son historia, se han bajado definitivamente del diccionario y la RAE les proporcionó una merecida jubilación, así como a otros términos como “aviesas”, “acérrimamente”, “cabildeo”, “diabólicamente”, “manaza”, “pilluelo”, etc. Pero como restar palabras sin reponerlas dejaría la lengua con pocas opciones, el diccionario también ha aceptado e incorporado nuevos conceptos como “selfi”, “viral” o “sororidad”.

Ante este nuevo escenario de cambios de palabras, de canales y maneras de comunicación, es posible que los pobres padres mañana reciban textos de sus retoños como: “Qtal Kp? Abraso en t dia. Ay asado?” o “Muchas flisidads PP. Alla t ke mucho en t dia. Si pods mandame plata”.

Y sí, así es el mundo y hay que aguantarlo. A muchos “viejos” no les queda más opción que resignarse a los nuevos tiempos, aunque cada vez se aferran más a la vieja frase: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, otros, los menos nostálgicos y más inteligentes, suben a su tabla virtual de las oportunidades y navegan las infinitas novedades que ofrece este actual futuro. ¿Actual futuro? Sí. Para ellos hoy es el futuro que pueden palpar en el presente y que imaginaban –o que ni imaginaban– ayer.

En todo caso, nadie vino al mundo con una guía de comportamientos bajo el brazo. A los hijos les resulta más fácil vivir “su” época porque, por una parte apenas están aprendiendo sobre la realidad, tienen el disco duro vacío, apenas están cargando “datos”, y por otro lado, porque su “sistema operativo” es más joven y ágil.

Para los papás mayores la tarea es doble o triple. No solo deben adquirir estos nuevos datos en un sistema viejo y cansado, con poco espacio de memoria, además repleto de archivos de experiencias pasadas guardados en anaqueles de bits que no se deben tocar ni borrar… y tampoco usar porque les producen nostalgia y dolor.

A esta compleja situación hay que agregar que sus transductores están obsoletos y ya no logran “explicar” a cabalidad lo que significa cada nueva carga de información y el sistema operativo desactualizado limita la comprensión de la realidad.

El papá de hoy recuerda la clásica y auténtica celebración del Día del Padre, de como cuando él era niño, con regalos para el “jefe de la casa”, con una reunión familiar –combo agrandado– en la que él se sintiera importante al menos ese día y trata de procesar la soledad, la frialdad de hoy en los mensajes de textos lejanos que llegan con emoticones de caritas felices que le parecen una burla de falsedad.

Ojalá que los jóvenes de esta nueva generación entiendan que ese padre “gastado” por el tiempo y cuarteado por los avatares de la vida, ese tipo que estuvo firme ahí en todas las batallas y tormentas, al cual tampoco le dieron instrucciones y cometió mil errores y aciertos, ese que tuvo la fuerza de cargar los hijos sobre sus hombros y hacerles reír en los momentos más duros, espera un abrazo en su día y no una elaborada imagen de “felicidades” reenviada y compartida.

Y si se puede, un asado también. No sean tacaños.