Dr. Miguel Ángel Velázquez

Dr. Mime

El título de la columna de esta semana es un homenaje a un tema de los 80 que me encanta y que desgranábamos en los festivales intercolegiales de la canción de aquellos tiempos. Pero también puede resumir lo que les comento en este sábado: cuánto la música ayuda al cerebro a procesar las emociones.

Debo reconocer que soy un empedernido vintage. Me quedé congelado en los ochenta. Cuando REO Speedwagon suena en mi computadora con los primeros acordes en piano de “Can’t fight this feeling” o cuando escucho “Dogs in the yard” de Paul McCrane, una poco conocida música que forma parte de la banda de sonido de la película “Fame” de 1980, debo reconocer que me recorre la espalda un escalofrío, que dejo lo que estoy haciendo para disfrutar esas músicas que me mantienen despierto en el volante después de manejar horas en ruta, o que me hacen cantar a voz en cuello sin importar quién esté a mi lado, levantándome el ánimo sin importar qué me haya sucedido. Y es que el poder de la música sobre las emociones es muy grande, tanto que aun los neurocientíficos siguen trabajando para deshilvanar los mecanismos que causa en el cerebro el escuchar buena música.

Las emociones son las resultantes de la experiencia personal almacenada en la memoria y de un placer universal, que no solo sirven como buceo en la memoria, sino también causan “revuelos” físicos como taquicardia, escalofríos o estremecimientos. Es un diálogo sin palabras entre el músico y la persona que oye la música. Influye decididamente en nuestra vida afectiva, aunque no tengamos conocimiento absoluto de teoría musical o de armonización.

Esta “emoción musical” es una constante cultural entre las personas y, además, se encontró que cualquier persona puede percibir lo que una música transmite de manera bastante eficaz sin necesidad de que la música lo exprese con letra o en un idioma que se pueda comprender. Esto implica algo más que una comprensión idiomática, es decir, por la misma naturaleza de la música se puede saber si esta es feliz, triste, melancólica o alegre.

Es eso lo que llamamos “emoción musical”. Se encontró que las melodías con notas “mayores” suscitan más emociones positivas en los individuos, mientras que aquellas con notas “menores” hacen que las personas evoquen emociones negativas. Por ello, las melodías alegres tienen notas mayores y las tristes, notas menores.

Como prueba de la llamada “emoción musical” pongamos el ejemplo de una escena escalofriante en una película de terror, como la de la ducha en “Psicosis”. Si esta se reprodujera absolutamente con sonidos de ambiente jamás alcanzaría el clímax de tensión al que se llega con la banda sonora escalofriante del violín rasgando la misma nota una y otra vez, en concordancia con las puñaladas del asesino.

Sublime. Y es que cuando la música produce una respuesta emocional positiva como la alegría o la tristeza, el sistema nervioso estimula la contracción cardiaca, un aumento de la sudoración y otros fenómenos. Sin embargo, emociones de relajación no producen sudoración y, en contrapartida, enlentecen el ritmo cardiaco.

Estas manifestaciones suelen pasar desapercibidas para el que las experimenta, lo cual demuestra que no somos conscientes acerca de lo que la música provoca en nosotros. Es una emoción no reconocida conscientemente, ya que el procesamiento cognitivo de la música no es voluntario, sino, por decirlo de una manera, automático. Se está tratando actualmente de identificar una ruta cerebral de la música, es decir, de identificar la presencia de un circuito cerebral específico para la información musical.

Por último por hoy, y para seguir dejándoles DE LA CABEZA, les cuento que hay una afectación que se denomina amusia y que consiste en la pérdida de la capacidad de procesar las informaciones musicales. En esta afectación no se pueden entonar ni reconocer fragmentos musicales. Si me pasara eso, yo terminaría definitivamente DE LA CABEZA.