• Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista 

Dicen los expertos que desde que la vida surgió en la Tierra, su fauna pasó por muchas transformaciones. Durante millones de años y por diversas razones se produjeron cinco grandes extinciones de especies.

Hoy… los científicos advierten que el planeta está al borde de la sexta gran extinción.

Según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el organismo internacional con mayor potestad sobre esta creciente realidad cotidiana, aproximadamente 5.200 especies de animales se encuentran en riesgo de desaparecer.

Estudios aseguran que la extinción de especies está ocurriendo de mil a diez mil veces más rápido que el esperado de muertes por causas naturales. Y nosotros somos responsables.

La mano del hombre está acelerando la debacle. La destrucción de los hábitats naturales, la introducción de especies invasivas y el cambio climático están matando la vida sobre el planeta.

En solo 10 años en América del Sur 25 especies de animales desaparecieron y en el mundo 79 especies de mamíferos, 23 de reptiles, 36 de anfibios y 134 de aves.

Pero no solo se trata de los animales. Según un estudio, en los últimos 250 años más de 500 especies de plantas desaparecieron, confirmando una catástrofe ambiental de impredecibles consecuencias.

Estos seres vivos silenciosos se están extinguiendo 500 veces más rápido que los animales.

Estamos perdiendo el contacto con la naturaleza y con los ritmos básicos de la vida, y aunque pensemos que sucede en otros países está aquí, es una realidad que vive entre nosotros, y esta realidad tiene profundas consecuencias económicas y sociales.

Los científicos señalan que los países más pobres, que están peor preparados para enfrentar cambios rápidos, serán los que sufrirán las peores consecuencias, y esos… somos nosotros.

Los expertos analizan los cambios de clima, el nivel de la capa de ozono, la temperatura de los océanos o las migraciones masivas de animales. Nosotros no necesitamos tanto. Lo vemos a diario, lo sentimos a diario.

Los cambios bruscos de temperatura y el acecho de peligrosas enfermedades son nuestros más urgentes termómetros para medir una realidad que va creciendo de la mano ambiciosa del hombre. Lo peor es que no es mucho lo que el mundo hace en conjunto y las predicciones no son alentadoras.

Es un problema global que trasciende las fronteras y las acciones individuales que cada país pueda tomar nunca serán suficientes si no hay un esfuerzo y un compromiso mundial más allá de las ambiciones humanas.

Los científicos suavizan la situación, pero la verdad es que el cambio nos está matando. Es la verdad que sentimos y que se traduce en una serie prolongada de temperaturas y fenómenos meteorológicos extremos sin antecedentes en todo el planeta.

El Chaco hoy bajo agua, las dunas de Itapúa desapareciendo, el calor cada vez es más insoportable y el frío ya casi no mata los mosquitos. No son buenas señales.

Quizás lo que podamos hacer nosotros no sea suficiente, pero podemos mitigar el impacto haciendo un compromiso con la naturaleza. Todo cuenta y todo es importante si las acciones son colectivas. No vamos a solucionar el problema, pero podremos decirles a nuestros hijos que hicimos lo que pudimos para que ellos, al menos, sigan la lucha para salvar al planeta.

Este cambio solo llegará si logramos crear una conexión profunda con las demás especies que nos permita comprender el papel que desempeñan en nuestra salud mental, física y emocional, así como también en nuestra propia supervivencia. Quizás, solo quizás estemos a tiempo de evitar esta inminente extinción…