• Por Ricardo Rivas
  • Corresponsal en Argentina

No es será una semana más la que se inicia en la Argentina. ¿Alguna lo es en el transcurso de un proceso electoral? Probablemente, no. Con la incorporación –como herramientas de campaña– de más recursos tecnológicos y marketineros no resulta sencillo leer la cotidianidad. Los sucesivos movimientos tácticos impulsados por consultores que asesoran a múltiples precandidatos presidenciales y/o vicepresidenciales, no solo dificultan al elector discernir sobre lo que en cada caso proponen sino que no encuentran en sus discursos diferencias sustanciales porque –vaya coincidencia– tampoco expresan con transparencia qué harán en el caso de triunfar. Grave. No escasean electoras y electores que sienten que “todos son lo mismo” y no se hace mucho para esclarecer las diferencias.

Cuarenta y dos meses atrás, Mauricio Macri inició su mandato. En el mismo momento, Cristina Fernández comenzó a ser ex presidenta. Las diferencias entre ambos aparecían claras a partir de las significaciones y la producción de sentido de las operaciones discursivas que atravesaban el campo social. Mauricio, lo nuevo, la transparencia, la república, la justicia, la recuperación económica, la apertura al mundo. Cristina, el pasado en sentido opuesto.

Hoy, cuatro meses antes de votar, aquel escenario ya no existe. Como en el tango, “es un retazo de mi vida, nada más”. Como en el rock nacional, “nada es para siempre”. La sociedad, los mira, escucha y espera. La esperanza, es la vida siempre. Los que están y quieren quedarse, interpelan a la sociedad desde la presunta certeza de que “es lo que hay que hacer porque no queremos ni debemos volver al pasado”. Los que quieren relevarlos o volver, repiten que “esto no se aguanta más” y exigen terminar “con las políticas del descarte, el ajuste y el endeudamiento”. Algún religioso católico, incluso, advierte: “Votar a Macri, es pecado”. ¡Vade retro Satanás!

Los que procuran relevar a Mauricio y regresar, con sucesivos grupos de dirigentes se instalan en Wall Street y en Washington DC para explicar a inversores y burócratas que son “la fuerza opositora con mayores chances de ser gobierno” en este país y, como los actuales gobernantes, sostienen que crisis y endeudamiento se resuelven “no con ajuste sino con crecimiento”. ¡Fuerte el aplauso!

Por su parte, la justicia –fiel observante de los términos, los plazos y los procedimientos– lentamente procura discernir si un nutrido grupo de casi 200 personas, entre las que se encuentran algunos de los más importantes hombres de negocios, inversores y empresarios locales y hasta un familiar del mismísimo presidente Macri, ex funcionarios y una precandidata, son delincuentes o no. Incertidumbre. ¿Y si voto por quiénes no merecen la fe pública?

Algunos académicos sostienen que la Argentina no está en crisis. Es un ecosistema social alterado, dicen. Tal vez, tenga puntos de contacto con la sociedad palermitana, en Sicilia, cuando se extinguía el siglo XIX y emergía el XX. Por entonces –salvando puntillosamente las distancias y las diferencias– en aquellas tierras, los camisas rojas de Giuseppe Garibaldi, un hombre heroico, por cierto, sacudieron el día a día de los sicilianos.

Los que más tenían para perder, espantados, como don Francisco Corbera, Príncipe de Salina, procuraban superar la amenaza. Más aún cuando supo que Tancredi Falconeri, su sobrino, simpatizaba con los garibaldinos. Para superar la situación, el Príncipe construye una alianza con Calogero Sedara, rico, prestamista y burgués de humilde pasado, padre de Angélica a la que facilitan la cercanía con Tancredi en procura del poder que no querían perder. El Príncipe dudó hasta que Tancredi explicó su estrategia: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”. (Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie).