Este comportamiento climático con muchas lluvias en la región, que impacta severamente en nuestro país con inundaciones en las zonas ribereñas, tiene un efecto devastador para el Paraguay en lo social y económico. Al cierre de abril, unas 70.000 familias tuvieron que dejar sus hogares a raíz del avance de la riada, aunque esta cifra podría trepar fácilmente a las 100.000 familias al cierre de junio próximo, cuando se daría el pico máximo de crecidas.

Estos desbordes difieren con los tsunamis, pero tienen algo en común: el gran perjuicio que generan a medida que avanzan en los sitios más poblados. Rápido o más lento, las aguas son las aguas, y no perdonan.

Por diferencia de presión se meten en todas las rendijas y terminan por desplazar a humanos y animales hacia las zonas más altas, perjudicando también las obras de infraestructura. Las ciudades con defensas costeras mal hechas, como Pilar, a veces son una trampa mortal y sus habitantes terminan siendo presas de aluviones como los que se dan últimamente.

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Por historia, desde la existencia de los primeros asentamientos luego de la conquista de América, el Paraguay ya era víctima de grandes inundaciones, principalmente en las zonas de los poblados ubicados a lo largo del río Paraguay, desde Bahía Negra bien al norte hasta Pilar, el extremo sur de este gran río que nace en el Pantanal, Mato Grosso. En las últimas décadas, por imperio de la movilidad ciudadana, los departamentos de Central, Misiones y Ñeembucú están siendo más castigados que otros por la gran cantidad de gente que vive en ellos. Todavía la gente tiene en su retina los tristes eventos que ocurrieron por las inundaciones en 1983, en que Ñeembucú quedó literalmente bajo agua.

Mientras estas inundaciones ocurren hoy, ciertos sectores, esencialmente los políticos, quienes deberían ser los custodios de la gente desamparada, no se conmueven por nada. Se centran en sus propios problemas, se ahogan en dramas que ellos mismos crean; se pasan defendiendo o acusando de corruptos a exponentes del mismo círculo de siempre.

Es decir, están en el vyrorei (tontería) total a espaldas de los intereses de la gente y de los verdaderos problemas que requieren atención nacional y dedicación total. La clase política vive en una burbuja y da las espaldas a los problemas nacionales. Y aquí meto a todos quienes están ligados al poder, ya sea a nivel nacional, departamental o municipal. Por supuesto, como en todas las áreas, existen honrosas excepciones, quienes son los pocos.

Estos son momentos en que hubiéramos querido ver a nuestros representantes del pueblo, al Presidente, al Vicepresidente, a legisladores, gobernadores, intendentes, concejales, trabajando todos juntos para atender las urgencias y necesidades a corto plazo de las 70.000 familias desplazadas.

Existen miles de niños que podrían perder el año lectivo a raíz de este fenómeno, pero al ministro de Educación, Eduardo Petta, solo se le ocurrió adelantar las vacaciones de invierto. ¡Qué brillante señor ministro!

En estos casos el manual de funciones recomienda la creación de un comité de crisis con el Ejecutivo a la cabeza y con la representación de los diversos sectores directamente involucrados, como salud, educación, seguridad, infraestructura, gobiernos departamentales y distritales, etcétera.

El manejo de la información, en este caso, es clave, a cuyo frente debería estar una persona idónea para esta función. Un organismo así tiene la ventaja de la atención permanente a un problema concreto y concentra los esfuerzos para la optimización de recursos humanos, financieros y de los insumos requeridos. La Secretaría de Emergencia Nacional hace lo que puede, pero una golondrina no hace primavera.

Los efectos de esta riada se verán en los números de la economía en los próximos meses y de seguro estirará para abajo los indices de crecimiento previstos para el año. Como se suele decir, lo material se puede recuperar, pero lo que cuesta afrontar es la problemática social derivada de las inundaciones.

Miles de familias hoy mismo no tienen un techo seguro donde pernoctar o se ubicaron en albergues en condiciones inhumanas, mientras que existe un impacto directo en los niños por el desarraigo y las pérdidas de clases en las escuelas en momentos en que se están dando exámenes. Es todavía difícil, además, cuantificar las pérdidas en los cultivos y en la ganadería, que se van a sumar a la caída de la producción sojera.

El Gobierno debe ponerse las pilas para evaluar la implementación de programas sociales de emergencia para este año en los departamentos afectados, así como planes de recuperación de las zonas anegadas lo más pronto posible una vez que retroceda el río Paraguay. El simple asistencialismo no es suficiente y deberíamos ir pensando en soluciones definitivas para que nuestros nietos ya no tengan que ser testigos cada año de esa triste estampa de miles de familias con el agua hasta el cuello.

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