El Gobierno sufrió tres situaciones que tendrían que ser ejemplificadoras de aquello que debe ajustarse con un poco más de astucia y otro poco más de autocrítica: la derrota en CDE, el incidente en Pilar y el revés parlamentario de la semana última.
Con el primer porrazo, debería quedar bastante más claro que a la hora de la verdad la oposición construirá siempre su propio nido y que los mejores liderazgos han buscado siempre consolidar su partido primero y luego acordar entregas a la oposición, porque a la hora de la guerra –es científico– cada quien se colocará la camiseta donde junta votos. Los comicios municipales están a la vuelta de la esquina y es muy poco probable que un nuevo revés importante en esa apuesta no deteriore el ya menguado liderazgo. (Aunque es cierto también que con tales concesiones la Presidencia obtiene el apoyo de la oposición en su agenda anti-HC en el Congreso).
El segundo golpe, la grosera actitud de una parte de la comitiva en una ciudad inundada ha sido otra lección que el Presidente pudiera aprender a tiempo si quisiera.
Los entornos son divinos o demoniacos y ese perfil depende solamente del Presidente. Si el Presidente “flojea” con su entorno (en donde se vive la fantasía del poder imperial siempre), ese núcleo le traerá sucesivos dolores de cabeza, en gran medida porque el mismo “grupete” pierde la noción de la realidad. Es lo único que puede explicar lo que paso en Pilar y que estuvo a punto de provocar el linchamiento de un intendente, aliado político del Gobierno.
La tercera situación aún persiste como pintura fresca pegada a las asentaderas del Ejecutivo, la dolorosa y temprana derrota en el Congreso por el tema jubilaciones.
Los datos que se van consolidando sobre el desgaste en la imagen de gestión faltando aun tres meses para el primer año deberían ser parte esencial de la labor del equipo asesor de la Presidencia en este momento, salvo que nieguen tales indicadores al mandatario.
Lo cierto es que el Gobierno necesita operar otros emprendimientos visibles a los ciudadanos aparte de su transversal agenda anti-Cartes, a quien, de entrada, despojó nada menos que un cargo al cual accedió por el voto popular y luego fue consagrado por la justicia electoral para ejercerlo.
El Gobierno ha puesto a un núcleo liderado por un discreto político, Rodolfo Friedman, a ser perseguidor de Horacio Cartes y producir la mayor cantidad de agendas posibles en relación a la confrontación con el ex Presidente.
Sin embargo, lo que es difícil comprender es que el Gobierno no cuente con una agenda política que vaya mas allá del anticartismo, que si bien puede ser una causa simpática para opositores y empresarios de medios, es absolutamente cortoplacista y cada vez quedará más descolocado como plan, ya que el Presidente al que están evaluando minuto a minuto en los mercados, en las plazas, en las seccionales, a la salida de las misas, es a Marito y no a Cartes.
Es increíble que no se advierta que ni se está debilitando a Cartes ni se está fortaleciendo a Marito por este camino, apenas se está logrando que algún diario sea menos crítico con él, lo cual –como mucho– continuará así unos meses más.
El Gobierno necesita una agenda de poder político basada en la proactividad. No en el anti-algo. Primero porque la agenda de proactividad genera perspectivas en los ciudadanos al saber qué rumbo estamos tomando.