Por Alex Noguera

Periodista

“¿Cómo es que no entienden que mi cuerpo es mío y tengo derecho a hacer lo que yo quiero con él”?, se preguntaba una de las cientos de mujeres durante la manifestación que realizaron diversas activistas e incluso cineastas de Hollywood contra la prohibición de abortos en Atlanta, Georgia (EEUU), el 7 de mayo último.

La convocatoria a una huelga sexual al mejor estilo de “Lisístrata” de Aristófanes y las protestas se produjeron luego de que el gobernador de Georgia, Brian Kemp, firmara la ley que en adelante prohibiría realizar abortos desde el momento en que se detectasen los latidos del corazón en el feto, que suele ocurrir desde la sexta semana de gestación.

Si la semana previa al Día de la Madre en Paraguay el ambiente en el país del Norte comenzó a ponerse más denso, el día antes –es decir el 14 de mayo–, las cosas se pusieron al rojo vivo tras informarse que el senado de Alabama (también EEUU) aprobara la ley que prohibía la interrupción del embarazo “con la única excepción de si peligra la vida de la madre” y amenazaba con 100 años de cárcel para los médicos que practicasen el aborto.

Esta legislación, que aún debe ser firmada por la gobernadora, es un duro revés para quienes están a favor del aborto, pues representa hasta ahora la más severa del país, ya que incluso prohíbe el acto aún en casos de violación y de incesto. Pero la ofensiva de los “provida” no se detiene en esta batalla, ya que según se filtró, la intención final sería que el Tribunal Supremo modifique el reconocimiento del derecho de las mujeres al aborto, logrado en el año 1973 con el emblemático caso Roe versus Wade.

Para los que no recuerden, el autor Aristófanes en su obra había planteado que todas las mujeres se unían y hacían una huelga sexual parecida a la que pretenden hoy en Georgia, pero por entonces era para que los hombres dejaran de pelear en la guerra.

No hace falta remontarnos a casi 500 años antes de Cristo, hasta la antigua Grecia, para buscar una respuesta a este espinoso tema del aborto. Otro gran dramaturgo, el inglés William Shakespeare, sin proponérselo, ofreció una sencilla solución mediante la visión que nos brinda “El mercader de Venecia”, publicada en el año 1600.

En un apretadísimo resumen, la trama cuenta que un mercader, seguro de poder honrar una deuda, firma un pagaré en el que se compromete a devolver 3.000 ducados al cabo de cierto tiempo y en el caso de no hacerlo, accedía a que el prestamista tomara una libra de su carne (casi medio kilo), cercana al corazón.

Al vencer el plazo, el usurero exige el cumplimiento del pacto y la cuestión se plantea en un juicio presidido nada menos que por el Dux de Venecia. En vano el abogado defensor ofrece pagar más de lo acordado, hasta tres veces más, con tal de que el usurero no ejerza su derecho de tomar la carne de su cliente.

Pero no, el prestamista no cede ante las razones y movido por su capricho exige el cumplimiento de la ley, por lo que el letrado acepta que se cumpla la sentencia. Se debe acatar la ley.

Luego de afilar su cuchillo, el avaro hombre se acerca al pecho de su víctima, pero cuando está a punto de realizar el corte… el abogado le advierte que según las condiciones pactadas, él tiene derecho a tomar la carne, pero ni un solo gramo más ni menos. Por lo tanto, si derrama una sola gota de sangre en la extracción del trozo de carne se expone a la muerte, según la ley de Venecia.

Ante el inesperado giro de la situación, atónito, el prestamista acepta cobrar “solo” tres veces la deuda a cambio de declinar su derecho a la libra de carne. Sin embargo, la presión de la contraofensiva aún es mayor, ya que el hecho de haber atentado contra la vida de un ciudadano es suficiente para que el financista sea condenado a muerte.

Según el abogado, el prestamista no solo se queda sin la carne, sin su ganancia en dinero, incluso sin su capital, sino que además será condenado a muerte, por lo que debe recurrir a la benevolencia del Dux. Como estipulan las leyes, el 50% de los bienes del usurero pasará al Estado y el otro 50% quedará en manos de la víctima, es decir, de quien hasta hacía unos momentos iba a ser cortado.

No es ético contar el final (por los futuros lectores que quieran leer la obra), pero el desarrollo del juicio plantea que las mujeres que exigen hacer lo que quieran con su cuerpo están en todo su derecho. “¿Cómo es que no entienden que mi cuerpo es mío y tengo derecho a hacer lo que yo quiero con él”? Pueden hacerlo... en tanto no derramen una sola gota de sangre del feto que está en gestación. Su derecho acaba donde comienza el ajeno.