Han transcurrido tres cuartos de año del nuevo gobierno y es difícil enfocarse en un plan visible respecto al legado que se estuviera planeando en los ejes claves como salud, educación, obras. Los ejes tienen que ser claros y tangibles para que el cumplimiento de un legado tenga algún resultado ya en el curso del desarrollo de un gobierno; eso se llama también mito de gobierno.
Tal legado debe asentarse sobre uno o más planes que dejen evidencias de su avance como el humo que deja el vuelo de un avión a propulsión. Pero para que ello suceda deben escogerse ejes que sean apreciables concretamente, experimentales desde la sensación de los ciudadanos... “que se puedan tocar”, diríamos rápido y pronto. Por ello, los estrategas recomiendan generalmente obras y no intenciones. Se trata de una cuestión muy fácil de explicar: la buena voluntad no es medible.
Voy a poner un ejemplo muy práctico: un avance significativo hubo en el proceso anterior en materia de concursos para cargos públicos. Pero pese a que ello representa un paso revolucionario en la historia de la función pública tiene muy poco relato, ya que no se traduce en suficiente calor para esa piel del votante de un país del tercer mundo que no asumió aún la conexión exacta entre sus impuestos y el gasto del Estado.
Por ello a Cartes se lo recuerda mucho más por sus obras tangibles: el barrio San Francisco, su programa de viviendas, sus acciones en obras públicas, rutas, viaductos; sus linces rondando las calles y aportando seguridad, sus becas para jóvenes en el exterior, entre otras cosas.
Da la impresión que el gobierno del señor Abdo empezó con un problema estratégico y ello le hizo perder gran parte de un año: le vendieron un plan que pretendía hacer de lo intangible (somos buenos, demócratas, plurales) una propuesta de gestión sin que nadie les advierta que doña María y don Cirilo lo que buscan es ver y meter la mano en el costado de la tarea de gobierno para creer como Santo Tomás. Lo que no se ve, en gestión de gobierno, no existe.
Por lo tanto, por la salud del proceso que pronto ya cumplirá un año es vital que el Sr. Abdo Benítez provoque una fuerte descarga energética en el gabinete que motive a sus ministros claves, como el de Obras Públicas, Educación, Viviendas, Salud, a levantar los glúteos de la comodidad de la oficina a olvidarse un rato de la pelea en las redes (pasión de los burócratas del nuevo gobierno) y a trabajar, a romperse por la misión.
Si hay un dato motivador para que don Marito empiece a ensayar cómo se golpea una mesa es que al final de los tiempos, cuando la gestión acabe, nadie recordará a Petta, a Wiens, a Durand a la hora de los bifes. El que liga el mal o el buen recuerdo es solamente el Presidente.
Lejos de la tradición, no hubo recordación ni balance del 22 de abril como solía suceder con los gobiernos celebrando un aniversario de su victoria. Fueron 8 meses de guerra mediática, de agitación de redes, de gastar toda la energía en internas en contra del último presidente, pero los ciudadanos –en verdad– quieren obras y acciones.
Por eso el aniversario pasó de largo. Por eso el silencio de Abril.

