Por Carlos Mariano Nin

Pamela tiene 14 años y está en el noveno grado. Es la mayor de una familia pobre que vive en la Chacarita. La vi reclamando en televisión un lugar para vivir. Dijo que el agua llegó demasiado rápido. Se dio cuenta al despertarse. Nada más tocar el piso entendió que el tiempo a veces es demasiado cruel.

Tomó lo que pudo y siguió a su familia a la plaza.

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Solo en Asunción unas cinco mil familias que ocupan el cauce del río se vieron afectadas por la crecida.

Podría haber sido una más entre cientos de damnificados. Pero su drama había comenzado mucho antes, incluso antes de que el agua tomara su casa.

Está embarazada. No contó los motivos y quizás a nadie le interese. Pero es una niña. Es uno de esos complejos dramas personales que nos revelan cada tanto que hay situaciones que nos obligan a dimensionar las terribles realidades que castigan a nuestra sociedad.

Hoy Pamela es una estadística. El último informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas reveló que las desigualdades entre niñas y adolescentes pobres y las de mejor posición socioeconómica son altas. No es una sorpresa. Basta con salir a las calles y convertir esos números en personas en cada semáforo.

Sin poder acceder a una educación de calidad, educación sexual integral y salud pública de calidad, las niñas pobres tienen más posibilidades de quedar embarazadas. Su situación de vulnerabilidad las expone al abuso sexual haciendo saltar esas cifras que hoy Naciones Unidas nos recuerda.

Es grave, tan grave que nos pone a la cabeza de un ranking bochornoso.

Paraguay registra el mayor índice de embarazadas adolescentes en la subregión de América.

Y no son números. Son realidades.

En algo no están funcionando las políticas de Estado y la situación caótica de nuestros sistemas públicos de salud solo van a incrementar el sufrimiento de cientos de niñas y adolescentes.

De 100 mil nacimientos que se registraron en el país en el 2018, 20 mil (SI 20 MIL) fueron partos de niñas y adolescentes de 10 a 19 años; de estos, 700 corresponden a niñas de 10 a 14 años víctimas de abuso y violencia sexual.

Y lo que sigue del informe es aún más preocupante. Una profunda diferencia de clases.

1 de cada 20 niñas y adolescentes, y 1 de cada 10 aniñas y adolescentes indígenas de entre 10 y 14 años, tienen hijos. Algo que no se da en ninguna niña o adolescente de la misma franja pero de clase alta.

Y esta es una situación que nos afecta a todos. Los embarazos adolescentes dejan una pérdida de 4.812 millones de dólares del producto interno bruto.

Pero para Pamela el drama es hoy la crecida. Sin embargo, está en el grupo de riesgo de muerte. Durante el año pasado se produjeron en el país 75 muertes maternas, y 1 de cada 4, fue una niña o adolescente de entre 10 y 19 años, el doble que todas las muertes del 2017.

Desde los noticieros advierten que los damnificados en Asunción pueden llegar a ser 10 mil familias. Se calcula que en pocos días 80 mil personas en la capital deberán abandonar sus hogares.

En todo el país la repentina inundación de ríos deja tras de sí a unas 25 mil familias vulnerables.

El informe de Naciones Unidas pasará casi desapercibido en medio de una catástrofe de tamaña magnitud. Muchas personas deberán vivir hacinadas en plazas, calles y refugios alimentando un subdrama de catastróficas consecuencias. Algo que Pamela vive hoy en silencio como cientos de niñas y adolescentes sumidas en la pobreza en todo el país.

No hay solución a corto plazo como tampoco lo hay para la tragedia de los damnificados.

Con el agua al cuello y la necesidad de sobrevivir a cuestas, las estadísticas se convierten en fríos números de un drama silencioso que muchos esconden y otros no quieren ver.

Con el agua al cuello es difícil ver lo que sucede abajo.

Pero esa, será otra historia.

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