Por Carlos Mariano Nin
Las imágenes lastiman, dan pena, pero suman “me gusta”. En los grupos de Whatsapp saltan de teléfono en teléfono y en los noticieros la historia revela lo que las tomas sin editar nos mostraban.
Tres jóvenes dentro de un vehículo destrozado. El accidente acaba de ocurrir, pero la escena está infectada de curiosos.
Tras un terrible choque en Limpio, dos chicos murieron, el tercero aún moribundo trata de salir haciéndose lugar como puede en medio de los cadáveres de sus amigos y los hierros retorcidos.
En Ponta Porá, frontera con Pedro Juan Caballero, dos sicarios en moto disparan contra un auto en el que viajaban dos personas. Una de ellas murió. Las imágenes revelan sin filtro un cuerpo acribillado, inerte. A su lado un sobreviviente respira con dificultad mientras la sangre brota descontrolada de sus heridas.
Dos chicos se electrocutaron en San Pedro, en una remota zona del interior, pero sus cadáveres aún humeantes llegan por teléfono a todos los puntos del país.
Tragedias cotidianas que enlutan a familias enteras y que tienen entre sí un ingrediente común: todas fueron filmadas y subidas sin filtro a las redes sociales.
La tecnología convirtió nuestras vidas en un “gran hermano” real… y todos somos protagonistas. Solo basta un teléfono y mucha insensibilidad, algo que vamos ganando con el correr del tiempo.
No importa dónde o cómo suceda. No importa si detrás hay una familia o profundo dolor. No importa cómo se explique, las imágenes hablan por sí solas. Van de teléfono en teléfono, de red en red como una gigantesca bola de nieve.
Una vez que el teléfono capta una imagen, esta no se detiene, va y viene, recorre grupos y suma “me gusta” gana RT y va de casa en casa sin distinción, si detrás del receptor hay un niño o un adulto. Es una grave enfermedad moderna. Solo basta esconderse detrás de un perfil y diseminar las mejores tomas. La gente va a hacer el resto.
El número de teléfonos celulares superó el año pasado a la población mundial. Los usuarios alcanzaron los 5.000 millones, pero las tarjetas SIM se elevaron a 7.800 millones.
Esa misma investigación prevé que se añadirán casi mil millones de usuarios de telefonía móvil en el 2025, alcanzando los 5.900 millones de suscriptores, lo que equivale al 71% de la población mundial prevista para ese momento.
Pero volvamos a lo nuestro.
En el accidente de Limpio las imágenes son terribles. La gente se amontona y filma, nadie llama a los paramédicos, nadie socorre a los accidentados, nadie piensa en la familia ni el sufrimiento. Solo importa el hecho, ser el primero en publicarlo.
Alguien pasa en un auto y grita: “Dejen de filmar”.
Trato de entender, pero no entiendo. El morbo encontró en las redes la forma de diseminarse descontrolada, amenazante, intimidante. Estamos en la era de la imagen, esa que no transmite sentimientos, ni emociones ni nada. Solo el terror, ese dolor que salta sin filtro de celular en celular.

