• Por Eduardo “Pipó” Dios
  • Columnista

Hoy hablábamos en la radio de que hay dos tipos de personas ricas, las que simplemente quieren vivir tranquilos y ponen su plata en los bancos para vivir cómodamente de los intereses o las que invierten en negocios. Ese segundo tipo de ricos, otra vez, se divide en dos. Por un lado, los que no se quieren arriesgar demasiado y tampoco tienen mucha preocupación del impacto social que puedan tener sus emprendimientos. La idea es ganar plata, para ellos, como sea y cuanto más, mejor.

Están por el otro, los que a pesar de tener la vida resuelta, la “vaca atada” como se dice por ahí, aún piensan en invertir en industrias, en desarrollar mercados, en generar mano de obra y, además, como corresponde, ganar buena plata.

En el Paraguay abundan los del primer tipo, que invierten en importar alguna cosa, muchas veces para “reexportarla”, eufemismo utilizado para contrabandear a los países vecinos los productos que importan, muchas veces evadiendo los impuestos locales o pagando tasas ridículas con la excusa del turismo, cuando el grueso se va en camiones. Invierten en empresas de servicios, negocios inmobiliarios, pero nada de fabricar un clavo. Lo importante no es generar nuevos empleos, sino contratar mano de obra barata, poco calificada y sin mucha expectativa de crecimiento laboral. El cajero del súper morirá cajero, por ejemplo.

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Construyen centros comerciales para dedicarse al negocio de alquilar locales a otros o vender lo que importan de otros países, o grandes supermercados, enormes tinglados forrados con cartón por dentro, por si un día hay que reconvertirlo en otra cosa cuando no sea más negocio. No se juegan mucho y ganan fortunas. Ellos; el resto sobrevive.

Pero esos pocos otros los que sí se juegan, que saben que hay que invertir en industrias, en desarrollo, en darle valor agregado a nuestras materias primas, que podemos construir motos, autos o heladeras, aunque sea empezando por armarlos acá, pero dándole trabajo y valor agregado que se queda acá. Que hay industrias como las del tabaco que dan trabajo a miles, una materia prima que justamente antes simplemente se llevaba afuera en fardos para industrializarla y dejar ese dinero en los bolsillos de obreros de otros países. Que si no existieran manufacturas textiles como Pilar, ese algodón se iría a generar plusvalía en otro lado.

Y hoy, de ese mismo sector industrial, surge la segunda mayor inversión privada de la historia, con una cementera de última tecnología. Para dar mano de obra y llevar desarrollo a la zona más pobre y castigada del país. ¿Quién podría molestarse? ¿Quién podría ver algo negativo? ¿Nadie?

Pero no, justamente esos sectores poderosos, que se dedican a explotar lo que hay, de no generar valor agregado a nada, simplemente usan y, sobre todo, abusan del país, son los más molestos. Son los que con sus medios de comunicación tratan de frenar el desarrollo. Podríamos hablar de interés político, pero si bien algo hay de eso, acá la cuestión pasa más por seguir manejando el país entre pocas familias, algunas que no pueden ni siquiera explicar el origen de sus fortunas, que se dedican desde tiempos inmemoriales al contrabando, hacia y desde el Paraguay, amparados por los generales de la dictadura, contra la que, hoy, descaradamente vociferan en sus medios.

Estos históricos contrabandistas nos dicen hoy quién es bueno o malo, honesto o deshonesto, sin más prueba que su poco válida palabra.

El día en que a alguno de estos señores feudales se le caiga una moneda, en que generen algo más que dinero para sus propios bolsillos, podrían empezar a señalar a nadie. Hoy tienen la cara más dura que el excelente hormigón nacional.

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