- Por Alex Noguera
- Periodista
- alexfnoguera@hotmail.es
Cuentan que cuando Dios creó a los animales, a cada uno dotó con grandes cualidades, únicas y excepcionales, pero también con ciertas características que a la vez los hacían débiles, precisamente para que no se creyeran los amos del Paraíso.
Por ejemplo, al águila le regaló poderosas alas con las que podía volar muy alto y planear indefinidamente, además de una vista con la que era capaz de observar los más mínimos detalles desde la distancia, como ninguno, pero en contrapartida contaba con un pico curvo para alimentarse de carne, además de garras, que hacían que le temieran y evitaban que pudiera hacer amigos. Es decir, debía aferrarse en alguna rama o estar en el cielo y nunca podría estrechar la mano de nadie. Su belleza era inconmensurable... como su soledad.
El perro recibió como regalo un oído y un olfato excepcionales con los que podía detectar sonidos y olores desde grandes distancias, sin embargo Dios atenuó esa maravillosa creación con un espíritu de fidelidad que sobrepasaba su voluntad y hasta hoy siempre queda expuesto a los malos tratos de los seres humanos.
A estos les dio una inteligencia superior, pero les privó de escrúpulos, por eso navegan mareados por los mares de la vida como si no tuvieran un contrapeso cuando arrecian las tormentas y los vientos los llevan de un lado a otro. Ama y odia, engendra y mata, es generoso y avaro, sin equilibrio.
Al cocodrilo le colocó una dura coraza que lo protegía de los enemigos. Ningún colmillo o garra podría atravesar nunca esa armadura que lleva encima del cuerpo, sin embargo su panza blanda quedaba vulnerable a los mínimos ataques, por eso le colocó patas cortas a los costados para que nadie pudiera voltearlo.
¿Qué más podía pedir? En el Paraíso, el cocodrilo era feliz. Su orgullo hacía verse a sí mismo poderoso e indestructible, sin embargo la envidia envenenó su alma cuando vio cómo el águila podía desplazarse grandes distancias gracias a sus plumas. Dios se enojó con el cocodrilo porque no apreció sus dones y en vez de plumas hizo que le aparecieran duras escamas. Además, como señal de arrepentimiento, desde entonces de sus ojos siempre brotarían lágrimas.
Para evitar que los demás animales se enteraran de su vergüenza, el cocodrilo fue al desierto y bajó a un desnivel para ocultarse. Pero pronto sus lágrimas humedecieron la tierra que lo rodeaba y al amanecer el lugar se convirtió en una laguna. Dios notó el sincero arrepentimiento del animal y le dio pena. Entonces decretó que todos los animales que se arrepentían pudieran llorar, pero en secreto, para que nadie los viera y pudieran dañar su orgullo.
Los días se convirtieron en años y los años en centurias y las centurias en milenios y las especies evolucionaron. Las criaturas ya no viven en el Paraíso, el cocodrilo nada en ríos y lagos para que nadie note sus lágrimas, el águila se refugió en las montañas y el perro vive siendo maltratado a pesar de su infinita fidelidad.
El hombre puso cadenas a sus hermanos para hacerlos trabajar hasta morir, inventó la guerra, fabricó flechas que mutaron en misiles, frotó piedras y brotó el fuego que hoy son bombas nucleares protegidas por botones.
En un momento de conciencia el hombre también creó leyes que rompieron esas cadenas a los esclavos, pero el dinero y el poder tuvieron más fuerza y nuevamente apresaron a los más débiles.
Mientras que en otras partes del mundo, como China, la corrupción pública se castiga con la pena de muerte, aquí y ahora, apenas analizan la posibilidad de convertir “el delito” de corrupción en “crimen”.
Mientras que los políticos reparten grandes cantidades de dinero público como favor, mientras que las autoridades decretan feriados y los enfermos deben aguardar turno durante meses, un grupo de parlamentarios apenas pretende elevar la pena para los infractores.
Para algunos la corrupción pública es comparable con un homicidio, no debería prescribir, y la pena tendría que ser de entre 5 y 25 años. Sin embargo, en un homicidio, la víctima muere y deja de sufrir; en tanto que con la corrupción pública los criminales mantienen en cautiverio a sus víctimas hasta que lentamente mueren de cansancio como los esclavos, o de hambre como los niños que rondan las calles como fantasmas o esperando en un pasillo de hospital a causa de desesperanza.
Debemos crear leyes más equilibradas para protegernos, como la caparazón del cocodrilo, pero es difícil porque de entre todos los animales de la creación, el más peligroso es el hombre. Solo él, gracias a su inteligencia, puede llorar incluso en una conferencia de prensa sin arrepentirse de verdad y sin sentir vergüenza.

