Más allá de la cuestión de fondo en lo político, económico y hasta ideológico de lo que sucede en Venezuela, la realidad impuesta son los millones de venezolanos pasando hambre. Mirar lo que pasa en ese país ya es una cuestión de humanidad.
Y en este sentido es fundamental el apoyo y el gesto de solidaridad que demuestran los países para con el pueblo venezolano. Es ponderable la actitud humanitaria de los gobernantes, en particular el nuestro, quien viajó el viernes para sumarse a ese gran evento y acto solidario de entrega de alimentos y medicamentos.
Ojalá los paraguayos nunca alcancemos ese nivel de enfrentamiento, división, desolación y hambre, fruto de líderes tiranos, ambiciosos o megalómanos. Pero, para que eso no ocurra debemos seguir construyendo y fortaleciendo nuestras instituciones democráticas. ¿Lo estamos haciendo?
Vemos señales desalentadoras con hechos puntuales y concretos. La preocupación del presidente Mario Abdo por los derechos humanos en Venezuela podría ser real y no solamente una pose oportunista, cuando también esa misma preocupación la tenga hacia el Paraguay.
Así como en la primera semana de su gestión le gustó salir a caminar desde el Palacio de López hasta el Congreso para charlar con los legisladores, sería bueno que al retornar de su viaje avance apenas unos metros de más y observe esa desgarradora realidad de 30 familias indígenas apostadas en la Plaza de Armas hace más de cuatro meses, en situaciones inhumanas con cientos de niños enfermos y hambrientos.
Y si sus asesores de imagen, con buenos contratos en las binacionales, por cierto, ya no le sugieren hacer esas caminatas, ojalá tome el teléfono para exigirle a la presidenta del Indi que actúe. Esta señora, Ana María Allen, hace unas semanas nos decía en la radio que los líderes de estas comunidades tenían todos antecedentes penales como una excusa para dejarlos a su suerte. Quizás tengan esos antecedentes, pero de eso se trata, y es la razón de existir de esa institución, la de abarcar la atención y dar respuestas a la problemática de los pueblos originarios.
Para que también creamos en el interés real del Presidente por los derechos humanos, habría que hacer público el reclamo que le tuvo que haber hecho a su ministro de Educación cuando la directora de una escuela del barrio Republicano solo ponderó las “obras” del “excelentísimo señor presidente” Alfredo Stroessner. Suponemos que en esta institución también se enseña a los niños la oscura y nefasta historia de la dictadura para que nunca más volvamos a caer en gobiernos dictatoriales.
Para que también creamos en la preocupación del Presidente en seguir fortaleciendo la democracia y no caigamos como Venezuela, suponemos que habrá reclamado o repudiado las afirmaciones del senador Enrique Bacchetta, hasta ahora miembro de su mismo movimiento político interno, quien ignoró su condición de presidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados y descaradamente calificó de “injusticias” lo acontecido con su amigo diputado Ulises Quintana, en abierta presión a la labor que realizan los administradores de Justicia.
Hasta ahora, Abdo no habló del tema, como sí lo hizo cuando incurrió en lo mismo el ex senador Óscar González Daher. Estos son los hechos y momentos en que son determinantes las posiciones asumidas por quienes pregonan una conducta para que la ciudadanía los crea, de lo contrario queda esa sensación de que solamente se actúa de una manera con los enemigos políticos y se calla o se premia a los aliados que hacen exactamente lo mismo que antes cuestionaban.
Si el Presidente no da estas señales o gestos, es inevitable dudar y afirmar que solamente está envuelto en un enorme cascarón de posturas falsas e hipócritas, armadas por publicistas bien pagados. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.