El Senado del Estado de Nueva York debatió y aprobó una ley el pasado enero, que legaliza el aborto hasta los nueve meses y, además, de hecho por cualquier motivo. El proyecto de ley se aprobó por una mayoría de 38 votos a favor y 24 en contra. La noticia, creerán algunos, habrá conmovido a miles. Es que la naturaleza de la misma, por sentido común, movería las entrañas de cualquiera. Pero no fue así. Por el contrario, Andrew Cuomo, gobernador del Estado, rodeado de legisladores no paraban de alabar con vítores la nueva “conquista” de la libertad de la mujer y la salud reproductiva, ordenando, asimismo, la iluminación de color rosado del edificio del World Trade Center como celebración de este logro progresista. El aborto fue, como dijo un comentarista, presentado como un bien social.

Pero no paró ahí el festejo. El actual gobernador de Virginia, Ralph Northam, médico, justificó unos días después ese procedimiento. Luego de afirmar que los casos de aborto tardío se reduciría solo a los fetos con deformidades graves, dijo públicamente que, si el bebé nace, se lo mantendrá cómodo y sería resucitado si eso es lo que deseaban la madre y la familia. Pero, en todo caso, en la decisión solo deberían inmiscuirse los médicos y la madre. Y hay más: cuando el presidente Trump, en su reciente mensaje sobre el Estado de la Unión (nación), exhortó a “defender la dignidad de cada persona” y pidió al “Congreso que apruebe una ley para prohibir el aborto tardío de niños que pueden sentir dolor en el útero de la madre”, no recibió el apoyo de las congresistas mujeres, especialmente demócratas.

La democracia iliberal

¿Qué está pasando? ¿Es que la vida humana, o cierto desarrollo de la misma, no cuenta? Por cierto, que no. Esta creencia está ya inmersa en la “substancia” de la democracia liberal que se ha convertido, paradójicamente, en antiliberal. Y lo es, pues afirma -como dogma- que existe una forma exclusiva y excluyente de ser persona: el expresar la libertad en un querer sin importar el fin, el objeto de ese querer. Esto parecería obvio y lógico, pero examinando en detalle revela el carácter ideológico de esta noción de persona y de libertad defendida por este totalitarismo blando. Uno es libre, dicen desde esa visión totalitaria, solo si le dejan hacer lo que quiere. Está prohibido prohibir actos que tengan que ver con el querer propio, y más aún si los mismos tienen naturaleza sexual.

La libertad se torna así en un acto unilateral nacido de un deseo, capricho, apetito, sin importar el objeto de los mismos, con tal de que se exprese sin coerción. Y, por supuesto, el ejercicio de esa libertad lo hace una persona con la capacidad de poder hacerlo. Un feto o no nacido no puede ser libre, carece de autorreflexión y de conciencia y así, siguiendo esta lógica del absurdo, no es persona. No tendría las cualidades específicas que lo definirían como tales. He aquí uno de los axiomas de la democracia iliberal: la humanidad de un no nacido no puede, en ningún caso, impedir el ejercicio de la libertad “reflexiva” de un adulto. Es un sistema que se construye exclusivamente sobre consensos, se afirma, y donde las mayorías adultas deciden quién tiene derecho a la vida y quién no.

Una fe sentimental selectiva

Pero hay algo más perturbador. Y para mí más doloroso en todo esto. El caso de que el gobernador Cuomo y un cierto número de legisladores que propiciaron la ley son católicos. ¿Acaso la fe de la Iglesia no debería formar el juicio de una persona en su vida pública? ¿Qué es lo que impide el ejercicio de esa labor de prudencia de parte de ciudadanos de fe o, incluso, existe algún impedimento, introducido implícitamente, en la democracia liberal que no deje espacio a las personas de fe? Creo que ambas preguntas son legítimas. Una respuesta, a la primera, es la enorme deficiencia en la educación religiosa, que reduce la fe a una cuestión de devoción o sentimiento. Esta tendencia es muy extendida y aparece incluso entre varios obispos más inclinados al cálculo político.

Así, el gobernador Cuomo invoca al papa Francisco cuando habla de la pena de muerte, pero en el aborto no. Y como muchos creyentes, limitan la racionalidad al mundo de la realidad inmediata, empírica, dejando automáticamente de lado cualquier pretensión de que, por ejemplo, el feto es persona y menos que fue creado en la imagen de Dios, por ser de índole “confesional”. Eso sería “solo sentimiento” y nadie puede imponer ese sentimiento a los demás. Así, el emotivismo religioso sirve para desactivar la fuerza razonable de la religión y, en este caso especial, de la religión católica. La democracia liberal, o iliberal, de mero consenso de procedimientos (de izquierdas o de derechas) ha decidido que la religión y la fe son un asunto privado, como paso previo para, como los totalitarismos del siglo veinte, sacarla de todo ámbito: extirparla como un opio de los pueblos.

Del pensamiento débil al pensamiento único

¿Cómo asumir y dar contenidos humanistas a esta democracia iliberal cuando esta está siendo redefinida desde una libertad sin contenido, sin más, absoluta? Esa es una pregunta que se debate en ciertos círculos intelectuales cristianos de los Estados Unidos. El mero acompañar, débilmente, a sus principios y convivir, como esquizofrénicos, en la vida pública y repartir una alianza entre la fe y la realidad se hace cada vez más insostenible. Al decir del filósofo polaco Ryszard Legutko, en su célebre libro Los Demonios de la Democracia, las similitudes entre el comunismo y la democracia liberal son hoy llamativas. Los cristianos, dice este antiguo militante del Sindicato Solidaridad, que ponen caras humildes y declaran que están dispuestos a buscar un terreno de acción común, tarde o temprano tendrán que firmar una rendición incondicional y unirse sin cláusulas de conciencia.

El derecho al aborto ya se ha convertido en un tema de derechos humanos para la democracia iliberal. El hecho de que en ese caso de Nueva York se lo permita hasta los nueve meses, no debe sorprender. Parecería que todo es cuestión de tiempo y el infanticidio se asimile como parte de la cultura de la diversidad y tolerancia democrática. En todo caso, muestra la enorme necesidad y urgencia de recuperar la tradición de la persona integral, republicana, liberal y democrática, sin la cual una democracia se convierte en totalitaria, sea, ideológicamente, de derecha o de izquierda.