“La seducción del macho alfa, dear, sin el poder, Farrell seguiría siendo virgen. Tiene barriga, papada, y es un analfabeto funcional. Para tomar sopa de letras necesita un traductor”.

Remil está de vuelta. Ese espía sudaca y de medio pelo es algo así como nuestra versión rioplatense de James Bond. Claro, si Bond fuera además sicario a sueldo, chantajista y hubiera pasado por la Escuela de las Américas en Panamá hace unas décadas. Como lo define su propio autor, Remil es “un héroe infame del siglo XXI, un agente de inteligencia que se dedica a los negocios sucios de la política”. Su nombre no es más que un apócope “cariñoso” que le pusieron sus “colegas”, diminutivo de “hijo de remil p…”.

El autor jura que ningún personaje es real, ni siquiera los políticos, pero que están inspirados en varios. No me digas. La formación periodística de Fernández-Díaz se trasluce por un lado en la montaña de información que posee y, por el otro, en un estilo limpio y sin estridencias. Así como Remil, Fernández te puede pegar un tortazo sin despeinarse.

Su bautismo de fuego fue hace unos años con “El Puñal”, donde el agente desbarataba una red de narcotráfico en los días finales del gobierno de “La presidenta”. Sin nombres. Aquí tampoco hay nombres, pero se nota que los actores políticos cambiaron.

Los que no cambian son los de ficción. Mención especial para “El Coronel”, jefe que preside “La Casita”, una suerte de oficina de inteligencia encubierta, apartada de los organismos institucionales y oficiales. Su nombre, claro está, responde a que depende directamente de “La Casa” (esa más grande y pintada de un color muy particular, sobre la calle Balcarce). Aunque, como suele pasar en la vida real (y en TNT), esos equipos de operaciones encubiertas terminan trabajando por encima de jefe ni Presidente alguno.

En “La Herida”; la misión es doble: la celestial y la terrenal. La primera es una orden del Papa, buscar a una monja (amiga cercana) desaparecida en una villa del conurbano bonaerense en circunstancias muy suspicaces, relacionadas con traficantes y punteros locales, puesto que su trabajo consistía en intentar rescatar a chicos locales de la droga.

La otra misión es un poco más ambigua porque el verdadero rol de La Casita no se termina de definir. Apoyar la campaña de Farrell, un gobernador patagónico, opositor al gobierno central, pero no tanto, a lanzar su campaña política para aspirar al Sillón Presidencial. Al Coronel acompañan la Estratega y la Actriz, dos mujeres a sueldo para mejorar la imagen del Gobernador. Todo lo que Remil debe hacer es una investigación a fondo sobre las debilidades del entorno: la ex novia de uno de sus hijos, muerta en circunstancias no resueltas, con todas las sospechas apuntando a Farrell Junior.

Cuenta el autor que cuando publicó el primer libro de la saga, lo llamaron varios “Remiles” para que les firmase un ejemplar. Curioso, los quiso conocer personalmente. Solo querían saber cómo se había enterado de una anécdota muy particular relatada en el libro, en la que habían estado involucrados, y resultó ser totalmente cierta. A Fernández-Díaz no le quedó otra que responder con la verdad: “Lo imaginé”.