El carancho se acicala las alas con cuidado y sin prisas, clavando firmemente sus garras en una rama de eucalipto. Desde la altura observa cómo lentamente la noche envuelve el campamento y libera a ese batallón de fantasmas del yugo del calor. Allá abajo está él, el Mariscal; llega marzo y un bucle de la historia está a punto de repetir el libreto de hace un siglo y medio en Cerro Corá.

Hace años arrastra tras de sí a todo su pueblo, que lo sigue gracias a esas encendidas arengas sobre la defensa de la patria y de ese enemigo salvaje que atravesó las fronteras y pisoteó la bandera de los libertadores.

La historia será la encargada de reivindicar su lucha, de hacer entender a las generaciones que vendrán, que el mundo se unió en su contra y que él estuvo obligado a defender el derecho de autonomía que tienen todos los países. ¿Hace falta decir que antes de la guerra ya los angurrientos vecinos se repartieron como una herencia las tierras del que aún está con vida? No les importó la razón, sino las riquezas que duermen bajo la superficie.

Sin medicinas ni esperanzas, los harapos se han convertido ya en jirones a causa de la necesidad y de la generosa escasez, pero lo más difícil de soportar es el llanto de los niños que sienten cómo el puño del hambre les retuerce el estómago. Es la versión más despiadada, que se ensaña con los débiles, la que viste a la moda con fina piel los huesos de la muchedumbre.

Él está solo, pensativo. Recuerda los grandes bailes y las fiestas, el oro y las riquezas, la risa de las mujeres, pero todo eso está tan lejos, tan perdido. Él es el sucesor de una leyenda y para estar a su altura debe ser ejemplo de fortaleza para que su pueblo no desaparezca, para que esa maldita coalición internacional no convierta en olvido ese sueño de la patria llamada libertad.

Pero jamás pensó que sería tan difícil. Hoy, como los demás, el cansancio que viene de lejos, las preocupaciones acumuladas y la responsabilidad que flamea con el peso de la soledad hacen que la mente le juegue angustiosas travesuras. De pronto siente profundas lagunas: no puede recordar el nombre de su propio general, su mano derecha. ¿Cómo era? ¿Caballero? ¿Cabello? Dios... dado un instante exhala: “Bernardino”... y una grotesca muesca se convierte en silenciosa sonrisa en su rostro.

Dicen que la guerra no es contra el pueblo, sino contra su presidente. ¡Cuánto cinismo!, piensa. Pero está consciente de que la fuerza manda sobre la razón. En vano ha intentado el diálogo; hoy sabe que nada puede detener lo inevitable. Se creía Ares, el dios de la guerra, invencible, pero luego de ser testigo y protagonista de tantos teatros de operaciones, hasta adivina que el fin está cerca. Debe pagar sus culpas.

No es miedo a la muerte lo que siente, sino pánico a la verdad. ¿Fue justa su lucha? ¿Mereció la pena tanto sacrificio y sangre su empecinamiento, sus sueños de grandeza, que acabaron con la vida de toda su gente? ¿Debió haber claudicado para evitar el Apocalipsis?

Maduro y sereno, con las guirnaldas que otorgan las experiencias en el túnel de los años, la sabiduría y los recursos naturales, su presidencia debió finalizar de la manera más feliz, con grandes y sentidos discursos en sus funerales como reconocimiento a su lealtad insobornable... pero no... en poco tiempo los buitres y el águila del Norte se cebarán con las carnes de su derrota.

Recapacita: Desde la cúspide el hombre se embriaga de poder y cree que todo lo que hace es lo correcto. Y pisa sus errores para ocultarlos y abanica su sonrisa para que los que lo rodean bajen la cabeza. Y si eso no basta, cierra el puño y golpea.

Pasan las horas y reina la quietud. Las hogueras del campamento tintinean agonizantes como remedo de las centellas del firmamento, pero ni todo el perenne universo puede dar luz a tanta oscuridad. Entonces, el carancho, como caprichoso destino, despliega sus alas y se lanza al vacío. Con sus plumas burla la gravedad y suavemente surfea sobre las corrientes de aire cálido. Con voz potente reclama la falta de cena, a pesar de estar ahíto de cadáveres.

Ese grito lastimero se propaga en la distancia como funesto presagio y abajo los soldados tiritan a pesar del calor. Confundido en el sopor del sueño, él también ha oído esa especie de odioso graznido que anuncia el lamento próximo de los condenados.

Echado sobre su escritorio, Nicolás conserva el dedo dentro del libro, señal de su última lectura. En la tapa se puede leer: “La Triple Alianza”. El episodio narra sobre la noche del lunes 28 de febrero de 1870, previo al amanecer del 1 de marzo.

Al lado, en un block de papel, borroneada sobrevive la palabra “Perdón”. A continuación pone: “Sólo Dios puede perdonar”. El destino sobrevuela arriba reclamando más muertos.