• Por Augusto dos Santos
  • Analista  

En los 60, durante la dictadura, hubo un simulacro de elecciones previas a la Constituyente del 67, con la participación de la oposición (para que sepan los jóvenes de hoy, la participación de la oposición en los comicios “era noticia”).

En ese marco, llega y se desarrolla la jornada comicial en Pilar. Colorados y liberales acuden a las urnas y se desarrolla una jornada relativamente tranquila con todo el aparato y jueces alevosamente volcados a la victoria del estronismo. Una vez concluido el acto comicial, el presidente de la Seccional de Pilar procede –con la más absoluta naturalidad– a secuestrar todas las actas y llevarlas a su casa para proceder al conteo de votos.

Sorprendido por este gesto, el líder liberal de entonces se dirige raudamente a la casa del caudillo colorado para reclamarle la acción. Llega, golpea la puerta. El mismo caudillo sale a recibirlo. Enorme él y con una Smith and Wesson –enorme a su vez– cruzándole el ombligo como en la ultima de cowboys de Quentin Tarantino.

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Cuando el valiente reclamante liberal le pregunta por qué las urnas se trajeron a su casa añadiendo que el conteo de votos debía realizarse en el local de votación, el caudillo colorado responde con una frase cuya lógica pinta de cuerpo entero la “naturalidad intelectual “con la que se asumía la dictadura por aquellos tiempos:

–“Oñepermitíma nio pee liberalpe la pe votá, koãnga pio peipapasema la voto avei; nde tavy nio”, que traducido pierde fuerza pero sería: “A ustedes los liberales ya les permitimos votar y ahora ya quieren contar los votos también; están locos!”.

Antes ciego

Don Buenaventura Fornerón nunca le hacía mal a nadie. Estaba apasionadamente enfermo, sí, de coloradismo. Atravesaba el pueblo de San Ignacio con su caballo y un poncho rojo en invierno o una camisa colorada en verano.

Su tartamudeo y el esfuerzo que hacía para sentenciar casi filosóficamente ante los acontecimientos que se le presentaban provocaba gran simpatía de los vecinos.

Un día, en los 70, le preguntaron a don Buena qué haría si el partido colorado cayera del poder, y él respondió con una frase que García Márquez hubiera querido escribir: “Upéa oikóro iporãve la añeenciega mba’e” (si ello ocurre preferiría quedarme ciego).

La cultura enemiga

He leído por estos días inocentes esfuerzos, todos muy honestos, por explicar cómo funcionaba la dictadura. Todos ellos carecían de un elemento substancial para entenderla: las dictaduras necesitan de un enemigo común para existir, en aquel caso era el “comunismo” que, aunque parezca ilógico, estaba encarnado por una oposición en gran medida liberal. Sí. No es fácil.

El otro elemento fundamental para que funcione una dictadura es poner a la educación en manos de la política, lo cual supone no solo forjar antivalores, sino naturalizar formas de ver el mundo desde una perspectiva maniqueísta en la que unos tendrán que ser los buenos y otros tendrán que ser los malos

El otro elemento que no se cuenta para entender la dictadura en el Paraguay es que tenía como base política a un partido que estaba muy bien organizado, con un gran talento para el clientelismo y con una gran pasión de sus afiliados obtenida mediante dos recursos que tenía “el relato” diseñado por los Édgar L. Insfrán y otros cerebros:

a) un sobredimensionamiento épico de la victoria colorada en el 47, lo cual le atribuía al universo colorado campesino de los 60, 70, una actitud de “pynandi colorados” (descalzo colorado) ... (descamisados de Perón, otro ejemplo próximo ) dispuesto a defender la democracia que como la entendían era que un hombre manejara con mano dura la República para un solo partido político y contra el resto de los pensamientos.

B) el otro relato que supo manejar la dictadura era la naturaleza conspiraticia de la oposición. El colorado de a pie, en la ciudad y en el campo, asumía que un opositor por más que sea un buen señor farmacéutico de la esquina y un vendedor de loterías era un sospechoso “ad eternum” que debía ser mirado con sospecha en la sociedad no importa qué estuviera haciendo. A su vez, esto convertía a cada ciudadano colorado en un “sereno político” que reportaba con el presidente de seccional cualquier cambio en la actitud del “individuo” sospechoso. Con este relato se “naturalizaba” la imposibilidad que este hombre y su descendencia tuvieran “oportunidades” dentro del Estado (salvo que se afiliaran); de hecho, la oposición era una paradójica forma de exilio interno.

Estas actitudes asumidas desde la cultura son tan importantes de conocer como la historia de las víctimas de la tortura que suelen ocupar casi todo el espacio conmemorativo en estas épocas.

¿Por qué? Porque las bestias dispuestas a torturar siempre van a estar a mano con dictadura o sin ella. Pero la construcción de un espacio cultural liberticida que destruya valores, derechos, pluralidad, es un estadio mucho más jodido porque si lo uno sirve para que no se repita (torturas, persecuciones ) esto sirve para que el autoritarismo no nos vuelva a dormir con su discurso de malos y buenos.

Es muy difícil que retornemos a un modelo autoritario. Por más nostalgias que puedan existir no se ve en las intenciones del propio gobierno actual más que relumbrones que terminan siendo debatidos en serio y en joda como el Servicio Militar, pero no se observa la intención de cancelar libertades públicas o instituciones republicanas.

Mucho más peligroso que lo que hace o deja de hacer el Gobierno es otro elemento que suele oficiar de fiel meretriz de las dictaduras: la oposición ausente. Y en Paraguay vivimos hoy un tiempo de oposición ausente.

Es peligroso cuando en el baile de los cortesanos del poder caben solo los amigos del poder. Pero es aún más peligroso cuando en el mismo baile también caben los opositores y parecen demasiado divertidos bailando.