Por Prof. Dr. Miguel Ángel Velázquez Blanco

Continuando con el tema que comenzamos a desarrollar la semana pasada (y agradeciendo la avalancha de comentarios y preguntas llegadas por redes sociales como consecuencia de ello), intentaré seguir siendo conciso y claro en un tema que tiene muchísimos más grises que certezas y que por ello es un gran desafío para los que estudiamos las neurociencias. Y el motivo principal es que NUNCA existen dos personas con el mismo cuadro de TEA… es por eso aquello de “espectro”.

Una de las locuras a las que nos tienen acostumbradas las pseudociencias, aquellas que pululan en páginas de internet de dudosa veracidad como las que probablemente leen las modelos devenidas en consejeras epidemiológicas y gurúes de la infectología al hablar de vacunación, es que hoy en día el TEA está mucho más propagado que antes. Ello está solo a un paso de que esa misma modelo, “gurú de la deforestación alimenticia”, nos diga que debemos comer pasto para no tener TEA. La “verdad verdadera” de esta cuestión se explica así: Hay números que han cambiado y otros que no lo han hecho en el TEA con el correr de los años. Si bien es cierto que la proporción de afectación hombres/mujeres se sigue manteniendo en 4/1 (4 varones por cada 1 mujer con TEA), también es cierto que hoy en día al menos el 1% de la población tenga algún trastorno del espectro. Y esto se debe a razones muy sencillas.

La primera de ellas es que hemos afinado muchísimo más nuestra capacidad de sospecha, pesquisa y diagnóstico del TEA. Hoy en día, docentes de aula pueden percibir rasgos del espectro en sus pequeños alumnos de nivel inicial y dar la voz de alerta. Si bien esto va de la mano de un peligroso sobrediagnóstico, la palabra final la tienen el neurólogo pediatra y el equipo neuropsicológico que evaluará al potencial niño con TEA.

La segunda es que el concepto AUTISMO ha sido reemplazado (como les expliqué la semana pasada) por el de TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA o TEA, lo cual ha arrimado nuevos conceptos y definiciones que pueden englobar a más niños en las características, que antes eran simplemente catalogados (dolorosa e injustamente) con un término que aborrezco de la manera más visceral que puedo: “retrasados” o “retardados”.

La última razón probablemente no les va a gustar a los varones que lean estas líneas, pero como dice mi amigo Pablo Herken “duele decirlo, pero hay que decirlo”: la capacidad cada vez más longeva de los varones de procrear (o dicho de otra manera, “cuanto más viejos” sean los espermatozoides que engendren a los hijos) va de la mano con la aparición de trastornos del desarrollo cerebral que predisponen a la aparición del TEA. Todos los caminos conducen lentamente a que el TEA tiene un origen genético. No significa que sea hereditario o que se transmita. Pero sí que hay una razón ligada a los genes por la cual el desarrollo neuronal no es el correcto. Eso está en investigación. Día a día.

Las personas con TEA tienen claramente un problema en sus capacidades sociales. Y como la especie humana es eminentemente social, esto tiene un alto impacto en la vida de estas personas. Si bien muchos de ellos pueden ser “savants” o “sabios” (capaces de memorizar libros enteros, guías telefónicas, coordenadas de mapas o presentar una inteligencia prodigiosa como el genio Alan Turing –recomiendo ver la película “El código enigma” y la ochentosísima “Rainman” para entender esto–), de ellos hablaremos en otras entregas de esta columna. Las personas con TEA tienen problemas con los entornos cargados, con el contacto físico, se obsesionan por el “orden desordenado” y tienen conductas ritualísticas para muchas actividades (siguen una “hoja de ruta” que nunca puede ser alterada). La falta de contacto visual es una señal de alerta en estos casos y es una de las cosas que predicen el TEA y marcan la evolución en la terapéutica.

Si me preguntan qué hacer en casos de TEA, respondo por experiencia propia: el amor es la respuesta. Nunca cansarse de estimular y dar amor porque ese amor y esa insistencia incansable en la estimulación permanente (y está demostrado) producen sustancias en el cerebro que “re atan” neuronas y “producen el milagro”… que no es otra cosa que el funcionamiento cerebral, el milagro permanente de la vida, lo más avanzado en la creación universal.

Eso mismo que nos tiene en cada segundo de nuestra existencia DE LA CABEZA…

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