Marcelo A. Pedroza
COACH – mpedroza20@hotmail.com
En pleno parque el joven soñador encontró el espacio para hacer realidad sus sueños. Quienes pasan por ahí, al verlo a la distancia, perciben su vitalidad. Su presencia expresa energía, esa que se traduce en libertad. El sendero entre el pasado y el presente desemboca en la actualidad de sus acciones. Las mismas expresan el desarrollo de su psiquismo y la clara unión, de hechos y pensamientos, que ha cultivado con el paso del tiempo.
En varias ocasiones dudó, alguna vez se cuestionó si era necesario tanto esfuerzo y hasta llegó a plantearse otros caminos. Aunque nunca dejó de moverse en busca de aquel imaginario pedestal. Ese que en realidad se vive mientras se intenta conquistar, ese que una vez alcanzado trae unos instantes de satisfacción y nuevos proyectos que piden su concreción, al igual que el recientemente logrado.
En ese esplendor del verde y sus gamas llamativas fluyen los movimientos de esa juventud en plenitud. Hay en él un testimonio de los miles de jóvenes que quieren progresar. Sí, puede que lo sienta así, o tal vez prefiere evitar la presión de lo que eso implica; aunque su temple está construido para focalizarse en aquello que conlleva responder a través del ejemplo de lo que es capaz de hacer.
Sabe el joven soñador que los hábitos son determinantes para su bienestar y esa adhesión a los mismos es una prueba diaria que exige una constante adaptación entre su cuerpo y su mente. Es esta última la portadora de máximas que incentivan su avance cotidiano, la que sostiene los dolores, la que potencializa los momentos que transitan en esa atmósfera virtuosa.
Es extenso el territorio que lo cobija, ahí cada árbol con su follaje muestra la armonía natural que lo distingue. Allí el ambiente favorece la aproximación hacia las metas que aprendió a elaborar. Cuando repite ciertos desplazamientos físicos tiene la costumbre de instalar su mirada en las ramas y las hojas que marcan el final de las alturas a las que llegan. Esas terrazas celestiales están siempre dispuestas a ser contempladas, es como si supieran que enseñan a mirar hacia arriba, a darse cuenta que todo está conectado y que cada cual vive una misión especial.
Y un día aquel joven soñador puso su atención en el anciano solitario, que periódicamente camina por el paraíso arbolado; y los cincuenta y tantos años de diferencia entre ambos nada más sirvieron como estadística, porque cuando se considera al prójimo no hay edad que distancie tal estima. De ese vínculo surgió una admiración mutua, esa noble sensación que genera algo indescriptible hasta cuando simplemente se menciona el nombre del otro admirado.
Fue así que en pleno parque el anciano solitario encontró el espacio para hacer realidad sus sueños. Quienes pasan por ahí, al verlo a la distancia, perciben su vitalidad. Su presencia expresa energía, esa que se traduce en libertad. El sendero entre el pasado y el presente sigue mostrándole la trascendencia de vivir. Es que él alguna vez fue joven, es que él en otro tiempo también vivió el valor de sembrar afecto hacia los demás; y hoy cree que esa dación es una enseñanza que debe priorizarse en la sociedad.