- Por Alex Noguera
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Ni por más que uno quiera, hay cosas que no se pueden imaginar con antelación y a veces la casualidad –o cuando el capricho del destino– junta talentos aparecen conceptos nuevos y se produce luz. O la oscuridad, en mi caso.
Para entender a qué me refiero debemos trasladarnos hasta una plácida tarde en la Costanera, cuando buscaba el auxilio de alguna fugaz y descarriada brisa que pudiera menguar en parte los excesivos calores de enero.
En esa tarea me encontraba cuando un hombre y un joven se acercaron discutiendo. El señor le reclamaba al chico su exagerada dependencia al celular, le decía que en la casa o si salía a la calle, siempre estaba con el aparato como un apéndice de su cuerpo. Con un volumen de voz que denotaba su pérdida de paciencia trataba de hacerle entender que al traspasar el portón del hogar debía contemplar la naturaleza y aprovechar lo que esta le brindaba.
El muchacho sonrió sarcástico. Apuntó con el dedo la basura en la orilla y la contaminación del agua. Le indicó lo peligrosa que hoy día era “su naturaleza” y a renglón seguido le ametralló con datos que extraía de su smartphone acerca de los cambios irreversibles que sufría el planeta a causa de la avaricia e inconsciencia de los hombres de su generación: que los polos derritiéndose; que las distintas especies de animales desapareciendo para siempre; que las violentas tormentas, producto del calentamiento global; que la contaminación de los océanos con plásticos y petróleo, etcétera. Y para justificar su “vicio” por el celular, remarcó que gracias al dispositivo “él estaba conectado al mundo”.
El hombre lo miró con lástima. Aguardó un largo momento para calmarse y retomar la conversación de forma civilizada. Fue cuando levantó un vasito de plástico que el viento arrastraba por el piso. Lo colocó delante de la cara del joven y le preguntó qué tenía el vaso.
El muchacho pensó que se burlaba y con rabia le respondió que estaba vacío. El hombre supo que había ganado. No, le dijo. No está vacío, sino que está lleno de nada. Esa es la diferencia que quiero que entiendas. Cuando vos me decís que estás conectado con el mundo no es del todo cierto.
Y a pesar de que a tu alcance están miles de datos que pueden hacerte creer que entendés de “mi naturaleza” o que estás conectado con cientos de amigos, eso no es verdad. La realidad es que estás aquí, solo, con esa contaminación que me enseñaste con el dedo. No hay osos polares que se ahogan en el Ártico ni pingüinos que se atragantan con bolsitas de plástico. Esas cosas están en tu celular, pero tu realidad es esta, no esa. ¿Estás conectado al mundo o el celular hace que te desconectes de tu realidad?
El rostro de duda que reflejaba el chico necesitaba de un envión más para convencerlo, por eso el viejo le preguntó cuándo fue la última vez que había ido al cine.
¿Cine? El cine era cosa del pasado, la gente ya casi no acudía a las salas, pero el joven respondió con el nombre de una película a la que lo habían invitado hacía unos meses atrás.
¿Fuiste en colectivo?, preguntó el hombre y el orgulloso joven indicó afirmativamente con la cabeza sin emitir palabra.
Este vaso vacío lleno de nada es como cuando entrás a la sala de cine. Cuando se apagan las luces y comienza la proyección aparecen imágenes fantásticas con bandas de sonido y efectos especiales que hacen que tu cerebro vuele por mundos inimaginables. La trama te atrapa y te hace sufrir, llorar o reír, también te sensibiliza o te llena de horror.
Pero cuando acaba el filme y se encienden las luces, tu cerebro vuelve a la realidad. Al principio cuesta entender dónde estás y mirás las butacas y al público. Entonces te levantás y comenzás a caminar con pasos inseguros hasta salir fuera. Tu mente se adecua a la nueva situación y seguidamente buscás el número de la línea de transporte que te llevará a casa. Y cuando tu mano se aferra al hierro para subir la escalera del bus, es como que tu cuerpo agarra con fuerza la realidad. Ya no hay actores, no hay música ni disparos, no hay héroes con capa que vuelan por los aires. Hay smog y gente sudada alrededor.
¿Así estás conectado al mundo, cuando sentís el rigor de la realidad y no la ilusión de una pantalla que te enseña mundos que cambian con el teclado de tu dispositivo? ¿Estás realmente conectado al mundo o estás lleno de vacío como este vaso?, preguntó.
Lentamente los protagonistas de este teatro callejero se alejaron en silencio. Yo, el huérfano público de la escena sin telón, fui el receptáculo de la pregunta final y no tenía respuesta. En el bolsillo sonaba mi celular. Lo sentía vibrar como si tuviera vida propia, como si él también hubiera escuchado la conversación ajena y en ese momento tratara de distraerme en esa densa oscuridad, lejos de la luz de la verdad. ¿Estaba yo conectado al mundo? Tuve miedo de la respuesta.

